—¡No seas imbécil!—gritó Alfonso realmente irritado—; vas a lastimarte.
—Eso quiero.
—Pues cuida de que no te haga llorar de veras aplicándote unos buenos azotes.
El semblante de Consuelo expresó alegría inmensa.
—¡Sí, por Dios, sí... dámelos!
—No instes, porque cumplo lo ofrecido.
—Bueno, pues, sí; anda pronto...
—Que van a escocerte...
—Lo que quieras, tirano mío; pégame cuanto gustes, tuyos son mi espíritu y mi cuerpo, pero no dejes de amarme. Mírame a merced tuya, sumisa, gozando ya con el castigo... ¡Pégame, Alfonso, pégame!...
Ella misma se tendió boca abajo, la cara sobre la almohada, esperando impaciente. Toda aquella flagelación envolvía una voluptuosidad extraña. Sandoval, sin otros ambages, sofaldó a la joven y cogiendo una chinela levantó el brazo sobre aquellas carnes turgentes que parecían vibrar de placer bajo la fina tela de la camisa. Consuelo permanecía inmóvil, suspirando dulcemente, esperando el castigo, deleitándose con él: al fin recibió el primer golpe y su cuerpo tembló más de sensualidad que de dolor; luego recibió otro y seguidamente cinco o seis más, muy fuertes... Después Sandoval, condolido, acarició la parte azotada. Consuelito le abrazó diciendo: