—¡Esposo mío, piedad para mí, no me pegues más, basta, por Dios!...
Tenía los ojos colorados y las lágrimas corrían abundantes por sus mejillas. Pero Alfonso, comprendiendo la refinada voluptuosidad de aquel capricho, quiso extremarlo, y desasiéndose de la joven continuó macerando sañudamente aquellas carnes blancas y duras; ella sollozaba; después, juzgándola bastante castigada, se acostó a su lado para consolarla. Consuelo se dejaba acariciar besándole y riendo y llorando al mismo tiempo, complaciéndose en rendirse a su propio verdugo; y cuando estuvo completamente tranquila acabó por confesarle, y aun lo juró por su padre muerto, que desde aquel momento le quería más y que los azotes mejores fueron los últimos.
Aquella noche, acobardados los dos por el frío, se acostaron temprano: Consuelo tenía miedo; ese miedo a lo indeterminado y remoto que sólo conocen los nerviosos: la seguridad de sufrir el asalto de alguna pesadilla horrible, oprimía su ánimo.
—¿Qué tienes?—inquiría Alfonso sintiéndola temblar.
—¡Ay, no sé, pero... no me sueltes... se me antoja que van a llevarme!...
Al fin, tras muchos esfuerzos, logró dormirse; el temido ensueño, efectivamente, no tardó en llegar disfrazado bajo sus vagarosas hopalandas negras y grises...
...Era una tarde de invierno; ella vivía en aquella misma casa, pues todas las estancias guardaban entre sí idéntica disposición, pero las habitaciones eran inmensas, las paredes de color plomizo se balanceaban alejándose o acercándose cual si tramoyistas invisibles las pusieran en movimiento por medio de mágicos resortes...
Consuelo andaba por allí calladamente, sorprendida de que sus pasos no tuvieran eco y de la prolongada ausencia de Alfonso: también maravillábase de la pequeñez de los muebles y de la gran altura a que fueron colocados los cuadros: la cama no llegaba a sus rodillas, la mesita de noche apenas levantaba dos palmos del suelo. Alarmada por tanto silencio salióse al pasillo y llamó a la camarera; a sus voces sólo contestó un eco lejano, un quejido moribundo semejante al del viento penetrando por una abertura estrecha. Entonces recorrió el corredor, las alcobas, la cocina; todo estaba desierto: en la despensa, encaramado sobre un queso de bola, había un ratoncillo gris, de largos y blancos bigotes. Siguió adelante y se detuvo frente a la puerta del despacho; aplicó el oído a la cerradura y no oyó nada; llamó ligeramente con la yema de los dedos... y nadie respondió. Animándose a entrar empujó la puerta, y al comprender lo que en la habitación sucedía, quiso huir; una fuerza invencible se lo impidió. Delante de la chimenea y alrededor de un hombrecillo de pelo rojo, se hallaban repantigadas en sendos butacones de cuero claveteado, varias personas: el hombrecillo era un gnomo; los demás, las estatuas del despacho que habían dejado sus pedestales: todas tenían sus hermosas cabezas de yeso asentadas sobre pequeños cuerpos vestidos con jubones acuchillados, gregüescos y gola, y sus voces resonaban temerosamente como si saliesen de una caverna o del fondo de una tinaja vacía.
Consuelo colocóse sin ruido tras una cortina para no llamar la atención de los misteriosos personajes. La conversación de éstos llenóla de espanto; hablaban de ella, querían buscarla, prenderla, llevarla maniatada a un paraje lejano, a un mundo chiquitín que brillaba en medio del espacio... Quien entonces usaba de la palabra era Cervantes, y le respondían Quevedo y Marco Aurelio. Byron callaba, mirándoles con sus ojos sin luz. Todos ellos, y éste fue un detalle que no sorprendió a Consuelo, se expresaban fácilmente en correcto castellano. Entonces estuvo a punto de salir de su escondrijo diciendo a gritos:
—Concho, ¿qué es eso?... ¡Fuera de aquí, espíritus y desatinos mágicos! ¡Zape! ¡Cada mochuelo a su olivo!...