Mas se contuvo, sobrecogida de curiosidad y de miedo. El gnomo hechicero acababa de levantarse; iba vestido de encarnado, como el Mefistófeles de Fausto, y después de dar una cabriola en el aire, empezó a describir con su mano izquierda movimientos cabalísticos y a pronunciar palabras en un idioma desconocido. Obedeciendo a su irresistible llamamiento, penetraron por la ventana muchos espíritus revestidos de formas extrañas y tan pequeños, que el más grande, que tenía cabeza de elefante y cuerpo de pescado, no era mayor que una sopera.

Aquellos diablejos trabaron entre sí reñida batalla: un sapo que volaba por la habitación montado en un plumero, atravesó con su espadín a otro espíritu con trazas de zorro; dos escarabajos horripilantes trepaban cachazudamente por las flacas y torcidas piernas del gnomo, quien subido sobre un tambor, continuaba dirigiendo con los movimientos de su mano zurda la espantosa bataola; las estatuas dejaron los butacones para volver a sus sitiales respectivos. Consuelo las veía trepar por inseguras escalerillas de cuerda, pendientes del techo, apreciando las violentas contracciones musculares de sus brazos y de sus piernecillas negras, impotentes para soportar el peso abrumador de sus cabezotas; y por entre aquel perpetuo flujo y reflujo de figurillas disparatadas, de ratonzuelos que corrían por el suelo empujando quesos de bola, de machos cabríos, de lagartos verdes que se arrastraban por las paredes cazando tortugas con alas de murciélago, los ilustres padres del habla castellana, del romanticismo moderno y de la grave filosofía estoica, continuaban trepando en busca de sus pedestales vacíos. La joven les observaba atentamente, deseando verles arribar sanos y sin magulladuras al término de sus afanes. Cervantes llegó el primero; luego Calderón; al recobrar su puesto sus cuerpecillos desaparecían y tornaban a ser las pacíficas estatuas que ella misma compró por doce o quince pesetas a un mercader italiano.

Pero Marco Aurelio fué menos afortunado que los otros: al llegar a la cornisa del estante, un condenado diablillo que andaba por el suelo jugando al trompo, quiso subir por la escalerilla en que, desde hacía diez minutos, realizaba prodigios de agilidad el desgraciado emperador y filósofo romano, y aquélla empezó a oscilar. Consuelo hubiera deseado ahuyentar al maligno espíritu, mas como no podía moverse, tuvo que resignarse a permanecer inactiva. No obstante las importunas sacudidas del demoncejo revoltoso, el autor de “Los doce libros” estaba a punto de salvarse: ya había afianzado su pie izquierdo en la cornisa y reconcentraba todas sus energías para separarse con un último esfuerzo de la escala fatal, cuando una lagartija que huía de un repugnante sapo armado de adarga y lanza, tropezó con tal violencia al desventurado filósofo, que le arrebató el equilibrio. Consuelo le vió vacilar, inclinarse hacia atrás, dar una vuelta de campana y caer pesadamente al suelo, saltando en añicos. Al quedar la venerable cabezota de Marco Aurelio reducida a un montón de pedacitos de yeso, la joven lanzó un grito. Entonces desaparecieron por ensalmo los detalles de aquel aquelarre y la joven permaneció inmóvil, creyendo que la llamaban: luego aquella audición fue más clara; parecía la voz de Alfonso.

—¿Qué es eso?—murmuró.

—Despierta, mujer; tienes una pesadilla.

—Es que el pobrecito Aurelio se ha roto la cabeza...

Sus ideas tornaban a confundirse y calló.

—¿Qué dices, loca?... Vuelve en ti; no sueñes.

Era otra vez la voz de Alfonso. Consuelito Mendoza oyó que la hablaban casi al oído, un aliento tibio rozó su cara, manos vigorosas la sacudieron. Despertó sobresaltada, frotándose los ojos.

—Alfonso—balbuceó.