Reapareció el gnomo: sin fijarse en ella atravesó el cuarto y procuró ocultarse bajo la otomana: después de tenderse de pecho al suelo comenzó a estirarse alargando los miembros, doblegándose de diferentes modos con una suavidad de movimientos semejante a la de los gatos cuando quieren meterse por debajo de una puerta. Consuelo le observaba fijamente: el misterioso espíritu pasó primero la cabeza, luego la mitad del busto, en seguida la otra mitad, las piernecillas también fueron entrando poco a poco hasta desaparecer enteramente: y entonces sólo vió el reflejo de la linterna que continuaba luciendo bajo la otomana, iluminando su vientre, convirtiéndola en un gigantesco gusano de luz.
De pronto las miradas de Consuelo repararon en una puertecilla que acababan de abrir y por la cual entró un hombre muy pálido, sin pelo de barba, con las mejillas arreboladas, las orejas grandes y separadas del cráneo, los labios descoloridos, el pelo áspero y cortado a rape, la mirada inmóvil y sin expresión, las manos exangües como las de un muerto, el cuerpo vestido con un burdo traje de tafetán verde; aquel extraño antojo avanzaba lentamente, sin mover los brazos ni las piernas, como patinando... La joven comenzó a tiritar de miedo: no podía huir, ni gritar, ni defenderse; la espeluznante aparición ejercía sobre ella una atracción fascinante. Entretanto, la sombra fatídica se acercaba sin ruido, sin movimientos, sin voz, extendiendo hacia su víctima sus brazos y sus labios. Consuelo sintió que aquellos brazos la enlazaban con un anillo de hielo. El fantasma maldito tenía la fuerza de una realidad espantable: la boca del horrible engendro oprimió la suya con un beso mortal, mientras una mano, fría como el mármol, la palpaba bajo las faldas. Estaba tendida en el suelo, sin poder desasirse, jadeante, a punto de ser vencida... Entonces la expresión del hombrecillo del traje de tafetán empezó a cambiar: sus apagados ojuelos fueron transformándose en otros grandes, expresivos, penetrantes, de color pardo o verde muy obscuro, sombreados por largas pestañas negras. Consuelo, que había visto aquellos ojos en otra parte, miró mejor... El muñeco había desaparecido y en su lugar estaba Montánchez. La vergüenza y su dignidad de esposa sublevaron el valor de Consuelo, que empezó a defenderse.
—¿Qué hace usted?—exclamó.
—Nada, no se apure usted—repuso él con su acostumbrada finura—; vamos a representar la última escena de la ópera.
—No, no... puede venir Alfonso y enfadarse conmigo. Espere usted a que yo se lo diga; vuelvo pronto... Hombre, ¿usted no dice que deben evitarme las impresiones fuertes?... ¡No me irrite usted!
—Señora—insistía Montánchez sin soltarla—, tenga usted paciencia; concluímos en seguida.
—Suélteme usted, se lo ruego, porque si Alfonso nos ve aquí solos y abrazados, es capaz de matarnos. ¡Oh!... Si él supiera que un hombre me ha tenido entre sus brazos, me daba un tiro... Suélteme usted... oigo pasos... ¡es él... es él!...
Ya no percibía la música del teatro, ni los rumores de la sala, ni las voces de los cantantes: la decoración había cambiado.
En aquel momento apareció Sandoval. Consuelo le vió dar un paso atrás, ponerse horriblemente pálido y coger un cuchillo, una faca enorme, cuya hoja brillaba a la luz siniestramente; la faca, tal vez, con que quisieron matar a don Felipe: luego caminó hacia ellos... Montánchez no se movió: hubiérase creído que esperaba resignado el golpe, o que poseía algún medio oculto y sobrenatural para conjurar el peligro y detener el brazo agresor. Mas Consuelo no pudo contenerse y lanzó un grito.
—¡Yo no quería!—exclamó—; ¡es... él!...