Iba subiendo la voz. Luego oyó la de Sandoval, y el trágico caramillo se disipó.
—Es Montánchez—repetía la joven.
Abrió los ojos y vió que ya amanecía. Alfonso la riñó duramente; no le había dejado dormir en toda la noche.
—¡No te enfades, hijito!—repuso ella—. ¿Ves?... yo no soy responsable de mis males. Es que he tenido pesadillas horribles. Creí que un muñeco de estuco, vestido de verde, me abrazaba, y después aquel monigote se convirtió en Gabriel Montánchez, que quería representar conmigo la última escena de una ópera...
Y volvió a temblar, recordando aquellas quimeras.
Poco a poco, sin embargo, tornó a quedarse dormida. Tenía el semblante pálido, sus ojos cerrados temblaban ligeramente, los labios se movían balbuceando palabras que no llegaban a ser inteligibles...
Al día siguiente, y sin otro contratiempo o motivo, Consuelito Mendoza amaneció tiritando otra vez bajo las garras de la calentura.
III
Gabriel Montánchez vivía en un piso tercero de la calle Hortaleza, sin otra familia que una vieja sirvienta y un hermoso perrazo negro que agonizaba de viejo y de gordo.
La primera juventud de Montánchez fué borrascosa. Cuando cursaba el cuarto año de Medicina se enamoró de una modista vecina suya, y fué correspondido; su familia, sabiendo que el joven pagaba largamente las mercedes de la muchacha y que la pasión amorosa le quitaba la del estudio, intentó romper el idilio. La escena entre el padre y el hijo fué violentísima y se separaron sin avenirse.