Al día siguiente Gabriel corrió al Monte de Piedad a empeñar su reloj, sus sortijas y cuantas alhajas tenía, malbarató sus libros y algunos trajes, pidió dinero a varios amigos de posición holgada, aguzó el ingenio hasta conseguir que un prestamista conocido le facilitase dos mil reales, y con más de cuatrocientos duros en la bolsa, y en compañía de la moza que le había vuelto el juicio, emigró a París: fué un viaje relámpago, salpicado de peripecias interesantes, de escenas imprevistas.
Los primeros meses pasados en la ciudad del Sena no fueron malos.
Embriagados Montánchez y su coima de amor y de libertad, no miraron al porvenir hasta que su caja de caudales estuvo casi vacía. Entonces recordaron que ninguno de ellos era hijo de millonarios, y alarmados por tan razonable observación procuraron contener a la miseria con su trabajo: ella buscó quehacer en un obrador; él pidió dinero prestado a un viejo corredor de vinos con quien hubo de intimar en sus días de prosperidad y bonanza, y con aquel dinero y el que pudo allegar dando lecciones de español, pudo continuar evitando la bancarrota definitiva algunos meses más.
La situación, no obstante, fué agravándose: la patrona, sospechando que nunca vendría de España aquella letra de dos mil pesetas con que sus huéspedes parecían pretender engatusarla eternamente, empezó a desconfiar; púsoles mala cara y acabó negándose a mantenerles si no satisfacían su deuda.
Ante esta dificultad que las circunstancias hacían insuperable, Gabriel Montánchez procedió con el acierto y resolución que siempre fueron los rasgos sobresalientes de su carácter; obligó a su querida a ponerse unos sobre otros sus vestidos; él hizo lo mismo; y una mañana escaparon dejando a la patrona, por todo recuerdo, una maletilla vieja llena de piedras cuidadosamente envueltas en papeles para que no sonasen unas contra otras.
Esta aventura fué como la introducción o prólogo que el Destino maleante quiso poner a los muchísimos enredos en que más tarde el aventurero había de verse preso y trabado. Gabriel y su amiga descendieron los últimos peldaños del moral rebajamiento: la miseria corrompió sus costumbres y su amor; ella llegó a vivir de la prostitución; él, cuando la veía regresar a su boardilla despeinada y oliendo a vino, se encogía de hombros despreciativamente, feliz de que nunca le faltase tabaco con que llenar su pipa.
Una noche la pobre mujer no volvió: al día siguiente Montánchez supo, por los periódicos, que la habían asesinado en una taberna de los arrabales.
No tardó Montánchez en consolarse de aquel descalabro, y al fin, libre de la malhadada pasión que en un momento de fiebre le robó a su familia y a su patria, decidió regresar a Madrid, lo que hubiera hecho si el Destino no hubiese dispuesto el curso de los acontecimientos de muy distinta manera.
La esposa de un alemán de quien Montánchez era íntimo amigo, tuvo el imperdonable antojo de enamorarse del joven español a los cuarenta años cumplidos: fué una pasión tardía, pero abnegada y generosa, que proporcionó al antiguo estudiante ganancias pingües.
Más tarde la mujer de un sueco, recién venido a París de agregado a la embajada de su país, cautivó el corazón del arriscado mozo, arrastrándole a nuevos azares.