En este tercer enredo Montánchez fué menos afortunado. El marido, sospechando la verdad, le desafió, y Gabriel recibió una estocada que puso en gravísimo riesgo su vida.
Cuando salió del hospital, como París le inspirase repugnancia invencible, resolvió emigrar sentando plaza en un batallón de zuavos que salía para la guerra de Argel. Al año siguiente, cansado de la vida del campamento y comprendiendo que ni su carácter ni sus antiguas disipaciones le permitían resistir aquellos trabajos, desertó, y merced a un pasaporte falso pudo embarcarse con rumbo a Sicilia. Luego pasó a Italia y en Roma vivió dos años, endulzando con su amor las soledades de una rica viuda genovesa. Más tarde marchó a Grecia, recorrió el Asia Menor y, finalmente, volvió a París, donde conoció a Sandoval, de quien no tardó en ser muy camarada.
Aquélla fué para Montánchez una era de paz. Se colocó de traductor en una casa editorial, y los ratos que sus ocupaciones y sus devaneos le dejaban libres, los consagró al estudio de la Medicina. Por aquel entonces las teorías criminalistas de Lombroso y el hipnotismo empezaban a estar en boga; diariamente hablaban los periódicos y las revistas profesionales de los descubrimientos hechos en un sentido o en otro, y Montánchez, cediendo a ese impulso innato que arrastra a la juventud hacia lo desconocido, aceptó inmediatamente las teorías defendidas por la flamante escuela. Los misterios de la ciencia hipocrática y los nuevos vastísimos horizontes extendidos ante sus ojos, le sedujeron: los trabajos de Charcot, relativos al origen y desarrollo de los padecimientos mentales, le aficionaron al estudio de la psicología fisiológica; leyó a Wund y a Lotze, oyó las explicaciones de Cullerre y de Luys, concurrió asiduamente a la escuela de Medicina y a los hospitales, y bien pronto figuró entre los alumnos más aventajados: su espíritu, hasta entonces adormecido por los placeres, despertó súbitamente, adquiriendo en pocos meses un copioso caudal de conocimientos.
Aquel otoño Sandoval y su amigo regresaron a Madrid, donde Gabriel Montánchez tuvo la desgracia de saber muchas y muy amargas novedades: su padre había muerto poco después de su fuga, y su madre, aniquilada por tantos disgustos, vivía en una calle de las afueras, consagrada a sus recuerdos y a la educación de una sobrina.
La reconciliación entre la anciana y el hijo pródigo fué completa y dulcísima; pero Montánchez, para no tener nada que coartase su fanático amor a la libertad, quiso vivir solo, y no sosegó hasta hallar un cuarto al cual se fué a vivir con una antigua sirvienta de su familia.
Una vez establecido, tomó posesión de la parte que le correspondía de la herencia de su padre, que era considerable, y tres años después se graduaba doctor en Medicina; hecho lo cual compró aparatos de física y química, retortas, alambiques, dialisadores, balanzas de precisión, cajas de reactivos, pilas de Bunsen, una máquina eléctrica de Ramsden y una soberbia biblioteca que importó más de cinco mil duros y en la cual reunió lo más notable que en aquellos últimos años se había publicado relativo a la ciencia de curar.
En aquella casa pasaba Gabriel casi todo el día y gran parte de la noche estudiando a sus autores favoritos, sacando notas, escribiendo Memorias, entregado a una labor incesante que ocupaba todas sus horas, y disfrutando una vida anómala, más propia de un monomaníaco que de un hombre cuyos tornillos razonadores estuviesen bien apretados.
Asustado de sus antiguas calaveradas y de los años perdidos en torpes aventuras, odiaba al tiempo con todas las fuerzas de su alma, y a tener forma corporal se hubiera batido con él.
—Es el único enemigo que me ha hecho temblar—decía.
Y le odiaba porque le temía, seguro de que contra la eterna sucesión de las cosas no se puede luchar.