De estas excursiones clandestinas regresaba entre seis y siete de la tarde, y a esa hora se iba por las calles de Fuencarral y Montera muy despacito, parándose embelesado ante los escaparates de las tiendas, con la gorrilla encasquetada, las manos en los bolsillos del pantalón y la bufanda muy levantada alrededor del cuello.
Los comercios que más le cautivaban eran los de juguetes y los de cuadros, sobre todo si éstos representaban batallas o cacerías; y luego, dentro de esos mismos establecimientos, se aficionó a determinados objetos. Había, por ejemplo, en la calle Caballero de Gracia, un cuadro representando una carga de coraceros franceses, que le gustaba apasionadamente; la cara de los jinetes, la actitud de un oficial herido, la posición de los caballos, los accidentes del terreno, el color del cielo, de todos los detalles se acordaba: este grabado y un teatro de fantoches expuestos en la vidriera de Medel, fueron los dos mayores caprichos de su niñez. Habló de ellos en su casa, y como cuantas diligencias hizo por adquirirlos resultaron inútiles, hubo de resignarse a ver sus dos codiciados juguetes a distancia y a través de un cristal.
La tarde en que uno y otro, teatro y cuadro, desaparecieron, fue para él tristísima; perdió el apetito, la alegría y el color, se le marcaron las ojeras, recibió una azotaina paternal y hubo de tomar una purga.
En este detalle, aunque con variantes leves, la niñez de Consuelito Mendoza y de Alfonso, se parecían.
Cuando Sandoval llegó a casa del médico, supo que éste se había acostado pocas horas antes, y entonces pasó al despacho a esperar que fuese más tarde.
El estudio del médico era un vasto salón con dos balcones a la calle Hortaleza, decorado con magníficos muebles de felpa, color verde musgo.
Todos los detalles indicaban que la noche anterior el trabajo se prolongó hasta muy tarde: sobre la mesa había un manojo de cuartillas escritas y varios libros abiertos y con las márgenes plagadas de anotaciones; el tintero estaba destapado, las plumas diseminadas aquí y allá, el depósito del quinqué casi vacío; en todo el cuarto se percibía un fuerte olor a petróleo y al carbón quemado en la chimenea.
Sandoval empezó a revolver cuartillas y vió que Gabriel se ocupaba en componer una Memoria acerca del medio mejor y más seguro de provocar el sueño hipnótico, y los peligros a que la ineptitud del operador expone a las personas sugestionadas. Los otros manuscritos también trataban asuntos puramente científicos.
Entonces cogió un número de la revista “Ambos Mundos” y fué a sentarse junto a la chimenea; sobre ésta vió una gran cabeza de cartón que explicaba el sistema frenológico de Gall, y el cráneo de un mono metido en una urna. Aparte de un magnífico cuadro al óleo que representaba a Cleopatra probando el poder de sus venenos en sus esclavas, las paredes estaban adornadas por cuadros anatómicos: uno de ellos figuraba un esqueleto en actitud de correr; otro, los lóbulos del cerebro; los demás un hombre de espaldas y sin epidermis, enseñando el complicado mecanismo de los músculos dorsales; y otro de frente, con el pecho y el abdomen abiertos, y mostrando los órganos interiores; bronquios, pulmones, diafragma, estómago, intestinos; aquella figura, que presentaba la cabeza vuelta hacia un lado para descubrir mejor las venas y tendones del cuello, parecía exhalar un olor nauseabundo y tenía una expresión tan grande de dolor, que inspiraba asco y miedo. En un ángulo había un esqueleto verdadero y un armario abastado de órganos de cartón; brazos, piernas y caderas que parecían manar sangre, y multitud de caras contraídas por muecas horribles.
Cansado de estar solo, Alfonso decidió despertar a su amigo, y allanó el gabinete que Montánchez había convertido en laboratorio; allí estaban las pilas de Volta, la máquina de Ramsden, metida en su funda de tela gris, un sillón-cama para operaciones y reconocimientos obstétricos, y buen número de vasijas de vidrio, frascos y tubos de reactivos colocados en hilera a lo largo de la pared; una marmita de Papín, dos alambiques, varias retortas, barómetros, higrómetros y un estantito lleno de minerales, cada uno en su cajita de cartón y con su etiqueta correspondiente.