Sandoval, sin fijarse en aquellos objetos, asomó la cabeza bajo los cortinajes. Al fondo, tendido sobre una amplia cama de hierro, dormía Montánchez: su rostro, habitualmente pálido, aparecía más delgado y largo que de costumbre, y las arrugas de las mejillas daban a su fisonomía la cansada expresión de los Cristos yacentes.

Alfonso se acercó al lecho y exclamó alegremente cogiéndole la mano que tenía al descubierto:

—¡Despierta, hombre ilustre, que la ciencia y la amistad te reclaman!

Montánchez se estremeció ligeramente y entreabrió sus ojos serenos y tranquilos.

—¡Cuánto he trabajado!—murmuró.

Sentado al borde de la cama, Sandoval expuso compendiosamente y sin preámbulos el objeto de su visita: Consuelo estaba peor, de día en día sus males se agravaban, a ratos sus nervios se exacerbaban de tal modo, que había serios motivos para temer por la salud de su razón.

Gabriel se había quedado muy serio y oía atentamente.

—¿Ha sufrido en estos últimos meses alguna crisis violenta?—preguntó.

Sandoval comenzó a referir cuantos detalles recordaba que podían contribuir a esclarecer la índole de la enfermedad. Describió la niñez de Consuelo, el susto a que aquellos padecimientos parecían referirse, las ocupaciones a que se entregaba, su afición a la lectura y al teatro, sus ensueños y sus extravagantes supersticiones. Cuando refirió el ahinco que la joven puso en ser azotada, Montánchez no pudo abstenerse de sonreír.

—Todo eso—comentó—es muy serio y muy interesante, y acusa los gérmenes de un grave desarreglo mental cuyos progresos debemos corregir antes que echen nuevas y más robustas raíces. La gran dificultad que ofrecen estas enfermedades es que ninguna de ellas presenta rasgos característicos constantes, sino que en su misma naturaleza va envuelta la vaguedad y multiplicidad de formas; lo inestable, lo anómalo, lo que está fuera del curso natural de las cosas, es lo único que hay en ellas de permanente. En estos casos los pobres médicos caminamos sin luz, expuestos a caer a cada paso, de misterio en misterio, y es evidente que el diagnóstico de la enfermedad no puede hacerse en tanto no haya una base segura de dónde partir.