Sandoval agregó nuevos pormenores.
—Todos son datos que merecen tenerse en cuenta—dijo Montánchez—, pues aun cuando considerados aisladamente valgan poco, su conjunto constituye la historia de una enfermedad. Consuelo es una desequilibrada; su cerebro nació defectuoso o ha sufrido una alteración por efecto del susto de que antes hablabas, y los síntomas de ese desequilibrio son los que necesito conocer para remontarme por derechos caminos al origen o matriz de la enfermedad.
Alfonso continuó narrando minuciosamente la vida íntima de su hogar, no omitiendo ninguna particularidad, ni aun las más secretas y calladas, con la confianza ciega del que habla delante del médico y del amigo.
Montánchez le escuchaba, murmurando como si dialogase consigo mismo:
—¡Es extraño todo eso!...
Y añadió:
—¿Sabes si tiene alguna manía constante?
—Manías tiene muchísimas, pero permanente creo que ninguna.
—¿No sorprendiste en ella alguno de esos extravismos del gusto que impulsan a ciertos enfermos a comer pedacitos de barro o granos de café?... ¿O si muestra deseo o aversión inmotivada hacia determinados objetos o personas?
Sandoval vaciló.