—Hasta hoy nada he notado, pero en lo sucesivo me fijaré... Aunque ahora se me ocurre una idea que confiaré sin rebozo, porque a ti poco debe importarte. Consuelo no te quiere.

—¿No me quiere?... ¿Cómo lo sabes?

—Ella misma me lo ha dicho; no sólo no te quiere, sino que te aborrece con ese ardor salvaje que pone en sus menores afectos.

—Pues no lo entiendo.

—Y lo entenderás menos sabiendo que ella me confesó muchas veces que eres guapo y que tienes buen trato y mucho talento; pues a pesar de comprender tus excelencias, sigue odiándote.

—He ahí un mal precedente para que yo pueda curarla con fortuna—dijo Gabriel—, porque empezará a mostrarse rebelde a mis tratamientos, y el enfermo que aborrece a su médico es como el chico que detesta a su maestro, que no aprenderá nunca lo que éste pretenda enseñarle. Tu revelación me contraría mucho; no por mí, sino por ella, pues tratándose de enfermedades nerviosas en las cuales las impresiones lo pueden todo, los peligros de la antipatía se multiplican en un cincuenta por ciento.

—No importa—repuso Sandoval levantándose—, quiero que la veas antes que ningún otro médico; ahora te dejo para volver a casa, donde te espero a las...

—Calla—interrumpió Montánchez—, ya sabes que los relojes y yo no nos entendemos; explícaselo a mi ama de llaves y ella cuidará de llamarme.

—¿Seguramente?

—Seguramente.