Alfonso salió, corriendo los cortinones que separaban la alcoba del gabinete; y Montánchez quedó sumido en esa semiobscuridad aliada poderosa del sueño; luego encendió un cigarrillo y se puso a fumar sosegadamente mirando al techo. El humo producía en su cerebro, según las circunstancias, dos efectos contrarios; unas veces le excitaba, otras le adormecía; pero entonces el silencio y aquella atmósfera cargada de olor a tabaco, consiguieron emborracharle, las ideas perdieron su lucidez y la realidad desapareció lentamente bajo gasas impalpables.

Montánchez tiró el cigarro a medio apurar.

—¿Por qué me odiará esa mujer?...—dijo.

Y se quedó profundamente dormido.

Cuando Sandoval llegó a su casa encontró a Consuelo desayunándose.

—Hola, flor de la maravilla—exclamó—, ¿ya te levantaste a dar guerra?

—¿Dónde has ido?

—A la calle.

—Necesito saber a qué sitio.

—Aquí estamos perfectamente—dijo Alfonso acercando una butaca a la chimenea recién encendida—; fuera hace un frío inaguantable.