—¡Concho!... ¿Quieres responder a lo que pregunto?... Estoy hablándote.
—¿Me convidas a chocolate?
—Vaya usted a paseo.
—Dame, una sopita siquiera, tragaldabas.
—Hasta que no digas lo que has hecho, no te miro a la cara, eso mismo... ni te dejo catar el chocolate.
—¡Ah! pues, tienes razón... ¡Pícara cabeza la mía!... He visto a Gabriel.
—¿A ese albéitar indecoroso?
—Al mismo; y no ponga usted esa carita porque no hay motivos para tanto.
—¡Lástima de albarda!
—Sí, señora doña Consuelito Mendoza; fuí a eso; a decirle que te riña y te meta en cintura.