—¡Pues que se ande con tiento!

—¿Qué ibas a hacerle?

—¡Reventarle, concho!... Mira... si entrase ahora, le tiraba el pocillo a la cabeza. Yo no quiero ver más a ese tío, eso es; porque ese hombre es un tío y quiera Dios que alguna vez no andes a trastazos con ese amigote de los infiernos.

—Ya no hay remedio, princesa; Montánchez vendrá dentro de algunas horas a tomarte el pulso y a mirarte la lengua; le he referido nuestra vida íntima sin omitir un detalle, ¿entiendes? ni uno solo... y el muy pillo se ha reído bastante.

—¡Asqueroso!

Alfonso se acercó a ella y quiso darle un beso; ella se defendió; al fin, las dulces paces quedaron hechas.

Entonces Consuelo se levantó muy solícita, le trajo una zapatillas para que se quitara el calzado húmedo y se abrigase bien los pies, y obligóle a vestirse una dulleta con cuello y bocamanga de pieles; luego, por tenerle más cerca, le hizo sentar a su lado, en una banqueta.

—Ponte aquí—dijo.

Él obedeció, quedándose con las piernas extendidas casi horizontalmente, el cuerpo entre las rodillas de la joven y la cabeza caída sobre sus faldas. Viéndole en tal posición, Consuelo, presa de un violento acceso de ternura, empezó a despeinarle suavemente, besándole.

—¡Qué guapo eres!—decía—. ¡Qué bien estás así!... No hay quien tenga tus cejas, ni tus ojos, ni tus pestañas, ni una nariz como la tuya... Ese Apolo de que hablan los libros no valía lo que este mechón que tienes sobre la frente. ¡Concho, si la señora Venus te hubiese cogido por su vereda, buenos ratos hubiera pasado contigo, diosa y todo!... Así te quiero yo, por supuesto, que estoy lela en cuanto te veo y no vivo si no es pensando en ti. ¿Y tú, también me quieres mucho, verdad?... ¿Y andarás siempre conmigo y no te juntarás con nadie, eh?... ¿Verdad que no?... Bueno, ¡concho, contesta pronto, ya me había asustado!... Parece que fué ayer cuando nos casamos. Entonces te quería mucho, muchísimo, ¡ya lo creo! como que pasaba las noches leyendo tus cartas a hurtadillas de mi padre; pero ahora te amo más y con mayor tranquilidad, porque eres mío, mío sólo. ¡Uy!... esto de poder llamarte Alfonso mío, maridito mío, delante de todo el mundo, me llena la boca y el corazón. ¡Quia! tú no sabes lo que te quiero; vosotros, los hombres, por muy apasionados que seáis, siempre tenéis en el pecho un pedacito de corcho.