Y añadió:
—¡Quién te quiere a ti!
Sandoval, que ya sabía la forma de este interrogatorio, repuso:
—Mi burra.
—¿Tu burra chiquinina?...
—Ella solita.
—¿Y tú, a quién quieres?
—A ti y a dos niñas que tengo en los ojos y son tan guapas y tan monísimas como tú.
—Pues yo a ti y a los Alfonsitos de mis pupilas. Dios mío, ¿por qué no tendré muchas bocas para besarte al mismo tiempo en muchos sitios? Y esta pasión que por ti siento es contagiosa, pues la extiendo a los objetos de tu propiedad; y así quiero más a tus trajes viejos que a los recién traídos de la sastrería, con los cuales aún no tengo confianza. ¡Esto sí que es querer!... Tengo celos de tu camisa, de tu chaleco, de tu corbata, de todo, concho, lo que llevas encima; ninguno de esos chismes se separa de ti, te acompañan a todas partes, corretean las calles contigo, van al casino... ¡Quién fuera petaca o botón de camisa para custodiarte y fisgarlo todo!... Hay el inconveniente de que cuando una elástica se rompe se tira, pero no importa... Yo cambiaría treinta años de vida por cinco, con tal de pasar éstos pegadita a tu cuerpo como una pieza de punto...
Volvió a besarle los ojos y la boca.