—¡No hay en el mundo nadie como tú; nadie, nadie!...

Sandoval se dejaba mimar, sonriendo y sin devolver aquel diluvio de caricias.

—Oye, Alfonsito—dijo de pronto la joven—, ¿quieres referirme un cuento?

—¡Un cuento!—exclamó él aterrado—. ¡Para romances tengo la cabeza!...

—¿Entonces, lo cuento yo? Y eso que, según vosotros, la mía está medio descompuesta.

—¡Bravo, me parece muy requetebién! ¡Desembucha!

—Te advierto que es largo.

—No importa; aunque tenga más rabo que el diablo, lo oiré con gusto.

—Bueno, verás qué bonito es... pero no vayas a reírte, porque entonces no lo concluyo y te dejo con las ganas de saber el desenlace.

—Espera a que encienda este cigarrillo.