Sandoval se acordaba en tales momentos de la vida en Persia y Arabia, porque, a pesar de la estación y de la capa de nieve que cubría las calles, había en aquel cuadro algo orientalesco, que hacía soñar con las solitarias palmeras del desierto y los harenes musulmanes.

—Pues, señor—empezó Consuelo—, una mañana supo el gallo Pinto que su amigo Periquito se casaba y quiso ir a la boda: para ello se lavó de patas a cresta, se arregló las plumas y salió al campo; en la misma puerta del corral encontró un cajón muy grande, lleno de trigo.

—Concho—pensó el gallo—; si como trigo se me ensuciará el pico y los que me vean comprenderán que soy un tragón y se reirán de mí. Pero pudo más el hambre que sus escrúpulos, y picotazo va, picotazo viene, dejó la caja sin un solo granito, pensando que ya tendría ocasión favorable de limpiarse el pico por el camino. Conque siguió andando, hasta que vió una malva y dijo:

—Malva, limpia el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y la malva no quiso. Entonces continuó caminando muy triste, y a poco rato encontró un borrego y le dijo:

—Borrego, cómete la malva que no quiso limpiar el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y tampoco quiso. Prosiguió su camino, y al ver un lobo le dijo:

—Lobo, muerde al borrego que se negó a comer la malva que no quiso limpiar el pico del gallo Pinto para ir a la boda de Periquito. Y tampoco quiso...

Y por este estilo continuó hilvanando una retahila de nombres: sucesivamente el gallo, héroe de tan conmovedora narración, fué encontrando un perro, un palo, un haz de leña ardiendo, un río y un burro, y a cada nuevo tropiezo volvía a repetir todo el rosario de palabras que precedían, lo cual causaba efectos soporíferos decisivos.

Era una historia infantil que aprendió siendo niña, cuando iba al colegio, y que frecuentemente se complacía en recordar para distraer a su marido.

Alfonso cerró los ojos, dando muestras evidentes de cuán poco le importaba saber lo que le acaeció al gallo del cuento en su accidentada peregrinación.

Cuando Consuelo acabó de hablar, él parecía dormir; ella contemplóle en silencio, después le rodeó la cabeza con sus brazos y empezó a apretársela contra el pecho, mientras le prodigaba cariñosos epítetos; pasado este segundo arrebato de ternura, abrió los brazos separándose para mejor ver al amado, que continuaba con los ojos herméticos: la joven lanzó un grito y Sandoval se incorporó sobresaltado.