—¿Qué sucede, mujer?—dijo—. Me has dejado sin sangre en el cuerpo.

—¡Jesús, concho—repuso ella lloriqueando—, qué susto tan grande! Como te di un abrazo tan largo y tan fuerte... Pensé haberte ahogado.

La miró sonriendo, pero se convenció de que hablaba formalmente, porque estaba pálida y con las manos frías.

Por la tarde, a la hora de costumbre, Sandoval cogió el gabán y el sombrero para salir, y ella, contra lo que en semejantes ocasiones sucedía, no opuso la menor resistencia: acompañóle hasta la puerta de la escalera, puso la frente para recibir el beso de despedida, y retiróse al gabinete después de dar orden a su doncella de no recibir a nadie.

Aquellas horas de soledad y recogimiento eran su delicia, pues podía discutir consigo misma los mil proyectos que bullían en su cabeza, y fantasear a su antojo. Allí nadie la forzaba a seguir ésta o la otra conversación, podía discurrir libremente, sin aguardar a que su interlocutor hablase para responder ella, ni que observar cierto comedimiento en las palabras: allí no había estorbos; estaba sola, entregada a su albedrío, con un mundo de quimeras por delante.

La soñadora se fastidiaba porque ni sabía seguir con paciencia el lento curso de los acontecimientos naturales, ni podía doblegar el mundo a sus caprichos. Sabiendo que esta imposibilidad duraría lo que su vida, hizo lo que los filósofos idealistas: fabricar un mundo arbitrario para refugiarse dentro de él cuando lo estimara conveniente y vivir feliz.

Consuelito Mendoza quedó largo rato sin pensamientos, perdido el magín en un vacío infinito, la cabeza inclinada sobre el pecho y los ojos cerrados: después levantó la frente y sus miradas se fijaron en el espejo situado sobre la chimenea, fronterizo al sofá. Allí, dentro de la luna, había otra muchacha, otra Consuelo envuelta, como ella, en un mantón negro, y como ella peinada con los cabellos sobre la frente.

—Ésa soy yo—dijo la joven—; porque es indudable que lo que ahí veo es mi propia imagen.

Agitó un brazo en el aire cerciorándose de que su sombra lo haría también, y pareció quedar más tranquila.

—Estas cosas tan raras que me suceden—murmuró—, no sé si atribuirlas a que estoy medio chiflada, como dice Alfonso, o a que tengo mucho talento. A ratos creo que no vivo y que cuanto siento y pienso es pura invención mía, como le pasaba al famoso personaje de Calderón. Voy por la calle y me pregunto: ¿Andaré yo como las demás personas, vestiré lo mismo, no habrá sobre mi cuerpo nada estrafalario que haga volver la cabeza?... ¡Quién se viera por detrás!... Si pudiese hacer lo que San Cristóbal, que cogió su propia cabeza después de cortada... Si yo me encontrase a mí misma en la calle, ¿me reconocería?... Seguramente, porque cuando me observo en un espejo sé que la figura aquella es otra yo. A veces pienso que mis palabras carecen de significado, que nadie me entiende y hasta que mis labios se mueven sin formular ningún sonido comprensible. ¿Qué es una sílaba, qué es una palabra, qué es un idioma?... No acabo de entender por qué todos los hombres se mueven de la misma manera, aplican a cada objeto un nombre particular y argumentan de idéntico modo. Necesariamente esto se debe a algún convenio que celebraron nuestros abuelos, los cuales acordaron llamar sombrero a la prenda de vestir que se pone en la cabeza, y zapato a la destinada a abrigar los pies, y hombres... a los hombres, vamos... y mujeres, a nosotras. Tampoco comprendo por qué los franceses hablan de diferente modo que los rusos, y los españoles que los chinos. A mí me enseñan una carta geográfica y me dicen: este pedacito pintado de amarillo, es España; y este otro muy largo y del mismo color, que parece una bota de montar, Italia; el encarnado, Francia y el verdoso, Dinamarca. ¡Concho! Pues yo pregunto: ¿Por qué los de aquí no hablarán como los de allá, y éstos tienen su bandera y aquéllos la suya, y los unos se llaman austriacos y los otros ingleses?... Todo en el mundo es convencional; por eso a ratos dudo de mí y creo que la suerte me hizo diferente de los demás, y que parezco a los ojos de los que me rodean un bicho raro. Y el carácter... ¿qué será eso?... Siempre que se habla de una persona dicen que es de este modo o del otro, que tiene bueno o mal carácter... De modo que el carácter es el humor o genio de cada quisque; esto es claro. Pero, ¿qué carácter es el mío? ¿En qué grupo debo clasificarlo?... ¡Concho, qué pena tan grande... si creo que no tengo ninguno!... Yo desearía ser algo, poseer algo exclusivamente mío: hay mujeres frías, chismosas, indiferentes, alegres, apasionadas... y yo no siento ninguna de estas tendencias; no tengo amor patrio, ni fe religiosa, ni entusiasmo por nada; lo podré aparentar, pero, en el fondo, no es cierto, lo sé perfectamente. Es decir, según y cómo; apasionada sí soy, ¡qué concho!... no me lo vaya a quitar todo ahora, porque lo que es a Alfonsito le quiero con delirio; pero en cuanto a sentir entusiasmo por mis semejantes... que no puede ser, vaya...