Quedó silenciosa, contemplándose en el espejo con religioso arrobamiento, examinando su fisonomía con el prolijo cuidado del naturalista que escudriña los órganos de un insecto a través de los cristales de un microscopio.

Primero reparó en su frente, un poco pequeña, orlada de cabellos ondulantes; luego en sus grandes ojos adormecidos entonces por la pereza; en su boca de labios finos, en sus mejillas un poco pálidas, en la parte superior de su busto redondo y esbelto...

—Soy guapa—dijo—; lo reconozco aunque tengo el buen juicio de juzgarme sin apasionamiento: además, lo que dicen por ahí y los delirios que le inspiro a mi maridito, lo confirman. ¡Lástima que no tenga la boca un poco más chica, concho!... ¿En qué estarían pensando mi madre y padre?... Así, en esta posición, estaré el día en que me muera. No... así mejor, con la cabeza caída sobre el hombro y las manos cruzadas... ¡Uy, si ahora me quedase muerta, valiente susto iban a pasar los que fuesen entrando! ¿Qué haría Alfonso?... Probablemente echaría unas cuantas lágrimas de cocodrilo o de viudo joven, que es lo mismo; muy pocas, las indispensables para parecer bien... y luego se consolaría con otra. ¡Concho, si eso fuese verdad, resucitaba, y después de reventarle me volvería a morir tranquila!...

Tendióse en el sofá y cerró los ojos, quedando con las manos cruzadas sobre el pecho. Insensiblemente experimentó en todo el cuerpo una extraña sensación de flojedad, una laxitud invencible y creciente, cual si algún mecánico desconocido fuese aflojándola uno tras otro los resortes y tornillos de su ser; los órganos se independizaban poco a poco de la voluntad, los nervios se negaban a transmitir impresiones y la actividad cerebral decrecía paulatinamente según aquel agotamiento psíquico iba invadiendo las celdillas donde el pensamiento elabora sus maravillosas pulsaciones.

Consuelo sentía que su yo se desdoblaba en dos personalidades o entidades distintas; una material, de carne y hueso, que permanecía tendida en el sofá; y otra aérea, vaporosa como un jirón de neblina, que flotaba en el aire yendo de un lado a otro cual si quisiera escapar por algún intersticio de las paredes o del techo, y que sólo se hallaba unida a la primera por un hilo sutilísimo.

—Estoy medio muerta—pensó la joven—; concho, lo que siento es haberlo procurado tan bien, porque voy a morirme de verdad... y eso, francamente, me haría poquísima gracia. Me parece que dentro de mi cuerpo se ha roto algo y que por el agujerillo se escapa el alma sin pedirme consejo... ¡Eh, señora!... ¿Dónde se camina tan diligente?... Ahora la veo flotar; sí... es ella; concho, ¡qué delgadita y qué blanca es!... y está prendida a mí por un rabo fino y muy largo... como esas tenias que exhiben los boticarios, metidas en tubos de cristal. ¡Qué lástima! Si tuviese aquí una de esas redecillas con que los naturalistas salen al campo a cazar mariposas, la atrapaba. ¡Ay, Virgen de la Soledad, Cristo de la Misericordia, qué miedo tengo!... Si esa lombriz se rompe, mi alma se escapa y quedo más muerta que mi abuela... Cuidado si soy burra; ¿quién me mandaría abrir la boca para que el espíritu se escapara?... Vamos, eso de morirse sin motivo no tiene sentido común. Bien; ahora la cuestión se arregla, y el alma, comprendiendo que fuera hace demasiado frío, vuelve a refugiarse dentro de mí: perfectamente, porque así, estando yo cierta de no correr ningún peligro, representaré mejor y con más tranquilidad mi papel de difunta... Ya me han metido en el ataúd; el maldito, por lo duro, parece de piedra: ¡bien se conoce que los colchones de muelles no se hacen para los muertos! Tengo las manos y los pies helados, circunstancia que ayuda mucho a encubrir mi superchería; ¡qué frío! Por ahí debe de haber alguna puerta abierta... Ya siento ruido de gente que se acerca y oigo voces, pero no puedo conocer quiénes son. Están dándome tentaciones de abrir un ojo un poquitín para ver lo que sucede; estoy segura de que todos los asistentes vienen vestidos de negro, con unas caras muy compungidas y hasta pálidos, porque hay personas que tienen, como los camaleones, la capacidad de cambiar de color; pero por dentro están perfectamente, deseando salir a la calle para charlar y reír a sus anchas... ¡Qué diablo! Voy a mirar; para eso me he muerto, para enterarme de lo que harán conmigo el día en que la cuestión vaya de veras. Ea, vamos allá; ¡uf, cuánta gente y qué serios están todos!... Allí está Alfonso; ¡oh, granuja! ¿Pues no está fumando y riéndose con aquel tipo de patillas rubias como si nada grave le hubiera sucedido? ¿Y quién será ese mamarracho? Me revienta; los rubios no deben asistir a los entierros. En ese grupo de hombres y mujeres sólo trato a dos o tres... y ellas no son feas... y miran a mi marido de una manera... Lo que me molesta mucho a los ojos es la luz de los cirios... y éste que tengo junto a mi cabeza está derritiéndose, y como me caiga una gota de cera en la cara voy a freírme. Esa maldita puertecita que dejaron abierta tiene la culpa; si me quemo no podré contenerme y daré un grito. ¡Puf!... ¿No lo dije? ya está aquí, en la frente ha sido; menos mal que no he chillado. ¡Concho, aquí están los de la funeraria! ¡Qué pantorrillas tan delgadas tienen!... Y me bajan sin acordarse de cerrar la caja... me agarraré, porque, si no, estos bárbaros me matan sin remisión. Me llevan por unos pasillos muy anchos atestados de gente que mira con estúpida curiosidad; no conozco a nadie: atravieso la antesala, en pies ajenos, se entiende, y empiezo a bajar la escalera. Lo dicho; esta bromita me cuesta un riñón; en un recodo he visto una anciana llorando, conmovida; ¡pobrecita, si supiera que todo esto es una farsa!... Eh, ¿qué es eso?... Siento un ruido extraño de pasos que se acercan; los de la funeraria no se mueven y mi ataúd ha quedado en el suelo; tengo mucho frío y mucho miedo, y no me atrevo a abrir los ojos... Dios mío, ¿qué ocurrirá?... ¡Ay! Pretendo incorporarme y no puedo; siento una opresión en el pecho que no me deja respirar y me duele el corazón. ¡Aaa... aaa!... este nudo que tengo en la garganta me ahoga... No puedo desunir las manos... las manos cruzadas y... ¡aaa... aaa!... Un hombre se acerca muy de prisa, oigo sus pisadas, ya está aquí; me toca, me sacude por un brazo, me acaricia... ¡No puedo moverme ni gritar!... Me toca el cuerpo con sus manos ardientes, ¡qué horror, va a besarme!... Tiene su boca junto a la mía, su aliento roza mi cara... ¿Quién es?... No sé, no lo veo... pero le presiento, le adivino y me infunde mucho miedo... Ya le reconozco; esa mirada... esos ojos me aterrorizan y me atraviesan de parte a parte como cuchillos; son los de Montánchez, es él... ¡Soo... socoo... rrooó!... Sí... si ya le dije a usted las otras noches en el palco que no podía ser... que no po... po... día...

La joven perdió la conciencia de su ensueño y empezó a luchar defendiéndose de aquella agresión imaginaria, hasta que su mano derecha tropezó violentamente contra la pared: el dolor físico la despertó.

Era ya tarde: incorporóse en el sofá, y al tenue reflejo de los faroles de la calle vió su imagen dibujarse confusamente sobre el cristal del espejo como una mancha negra.

En el silencio, el timbre de la puerta de la calle vibró largamente.