IV
Eran Sandoval y Gabriel Montánchez. La joven murmuró:
—Os había presentido.
—¿Estabas soñando?—preguntó Alfonso.
—Sí.
Luego agregó, mirando al médico de soslayo y torvamente:
—Esto parece una maldición. Le encuentro a usted en todas mis pesadillas...
El quinqué que Sandoval acababa de encender esparcía por la habitación una suave luz verdosa que realzaba las diversas expresiones de aquellos tres semblantes.
Sentada entre los dos hombres, Consuelo miraba al médico con ojos muy abiertos y una expresión parecida a la de esos muchachos revoltosos que, para persuadir al maestro de que se fijan mucho en la explicación, le miran sin pestañeos. Sandoval la contemplaba ansiosamente, queriendo adivinar sus palabras antes de oírlas; y Montánchez permanecía frío, siempre encerrado en sí mismo, midiendo el alcance de sus preguntas y aquilatando el valor de las respuestas, con los codos apoyados en los brazos del sillón y las manos cruzadas sobre el pecho, atento a las últimas particularidades.