—¿Cómo se encuentra usted ahora?—dijo.
Consuelito Mendoza se palpó el cuerpo como si se tratara de algún dolor físico.
—Ahora, bien—repuso.
—¿No sufre nada?
—Nada, no, señor, absolutamente nada; y es raro... pues hace un momento me quedé dormida aquí y desperté con mucho dolor de cabeza y mal sabor de boca.
Montánchez inició un hábil interrogatorio. Iba enumerando uno a uno los síntomas de la enfermedad que, según su criterio, padecía la joven, y después la preguntaba minuciosamente acerca de ellos. Su trabajo fué prolijo como el del juez que procura poner al reo en contradicción consigo mismo: hablaba repetidamente y de diverso modo de los mismos temas, unas veces preguntando y otras afirmando rotundamente, y en tanto que sus palabras y sus argumentos de médico experto obtenían confesiones de la enferma, sus ojos sagaces escudriñaban el semblante de Consuelo con tenacidad infatigable.
La empresa, sin embargo, era difícil: las respuestas de la joven carecían de fijeza.
—¿Suele usted sufrir mareos al levantarse de la cama o de la mesa?
—No, señor.
—Repase bien su memoria: probablemente los ha experimentado usted más de una vez y más de dos; ¿qué digo?... lo aseguro, estoy persuadido de ello; no lo niegue, porque es un síntoma muy característico.