Consuelo tardó bastante en contestar; quería complacer al médico demostrando que meditaba sus respuestas, pero en aquellos momentos la indócil imaginación vagaba muy lejos de allí. A pesar suyo no podía fijarse en nada: la distraían los semblantes de Sandoval y de su amigo, las arrugas de los cortinajes de la alcoba, la forma puntiaguda de la llama del quinqué, el sempiterno tic-tac del reloj...

Aquellas nimiedades ejercían sobre su espíritu atracción invencible; no podía desecharlas, ni mirar a otro sitio, ni proponerse otro asunto; era una manía, una obsesión de loca; y cuando respondía procuraba hacerlo, no con arreglo a su criterio, pues en circunstancias tales carecía de voluntad y de pensamientos, sino del modo que más satisficiese a Montánchez.

Éste llegó a comprenderlo.

—Es imposible entenderse con usted—dijo severo—; siempre contesta usted lo primero que se la ocurre y esa falta de sindéresis reporta dos males gravísimos: el de confundirme y el de engañarse a sí propia. Diga usted lo que sienta y no lo que yo quiero oírla decir, pues yo no quiero nada: vine a que usted me esclarezca respecto de un asunto para mí desconocido, y si por pereza, indiferencia o volubilidad de carácter, me lo oculta o desfigura, las consecuencias podrían ser fatales para usted.

El semblante de Consuelito Mendoza reflejó vergüenza y arrepentimiento, y el esfuerzo brioso que sobre sí misma hacía para gobernar su atención. Pero su buena voluntad no tardó en decaer y sus ideas empezaron de nuevo a confundirse: el mundo de lo soñado volvió a surgir ante sus ojos; su imaginación, harta de seguir paso a paso aquel interrogatorio odioso, atropelló todas las conveniencias.

Miraba al médico sin verle, o sin poder apreciar, cuando menos, los rasgos de su cara; le oía sin comprender claramente sus palabras y replicaba con la vaguedad del alumno que responde sin conciencia de lo que dice y movida sólo por la idea de complacer a su marido y a Montánchez, y de que la dejasen sola.

En tal ocasión experimentaba con redoblada fuerza el indefinible malestar que sufría siempre que la examinaban con fijeza, pues los ojos del médico la sugestionaban. Al principio de la entrevista pudo mirarle con timidez, luego empezó a desconcertarse y una profunda turbación invadió su espíritu; sus ideas se nublaron y acabó por no atreverse a levantar la vista del suelo; a continuación sintió miedo y ese frío íntimo y penetrante de la calentura; los ojos del médico la hormigueaban en las entrañas. De pronto, rompiendo aquel exótico embrollo de impresiones y de recuerdos, surgió una idea que murió casi al mismo tiempo de nacer, iluminando el obscuro abismo de la conciencia con una luz tenuísima de fuego fatuo; pero aquella imagen reapareció más tarde, y entonces sus contornos fueron mejor definidos. Era algo soñado que pretendía armonizarse con la realidad; un recuerdo, una figura misteriosa, un jirón de gasa o de niebla cuyos vagos perfiles iban acentuándose. En aquella forma incorpórea, Consuelo veía los rasgos de una persona que en otra ocasión la impresionara fuertemente, pero que entonces no recordaba bien...

—¿Sueña usted mucho?—inquirió Montánchez.

—Sí; casi todas las noches.

—¿Y se refieren sus pesadillas a asuntos determinados?...