—No, señor... es decir, no recuerdo...
—Insisto en ello—advirtió el médico—, porque el estudio de los sueños es interesantísimo, no desde el punto de vista profético, como afirmaban los antiguos y como aparentan creer las gitanas, sino por hallarse ligados a muchas enfermedades nerviosas; y tan cierto es esto, que algunas afecciones cardíacas o espinales, van siempre unidas a determinados ensueños.
—Pues mis pesadillas varían mucho—contestó Consuelo—, pero generalmente se refieren a lo que me ha impresionado durante el día.
—¿Y en ellas no vió usted nunca unos objetos muy grandes y otros muy pequeños?
—No, señor, aunque... espere usted... ¡Ah, sí!... he tenido un delirio horrible, que no puedo olvidar...
—Uno de los fantasmas que más activamente intervienen en las dislocadas imaginaciones de mi mujercita—observó Sandoval—, eres tú.
—¡Yo!—repuso el médico sorprendido.
—Sí; noches atrás, cuando la desperté, me dijo que querías representar con ella no sé qué ópera o qué belenes...
Estas palabras fueron para Consuelo una revelación; se acordó de las quimeras que tanto la atormentaban, de aquellos brazos inconmensurables, largos y negros como alambres quemados, que una tarde soñó se extendían tras ella para sujetarla; de la reunión de espíritus celebrada por un gnomo en un antepalco del teatro Real, y de aquel horripilante monigote de estuco vestido con traje de tafetán verde, que al abrazarla se convirtió repentinamente en Gabriel Montánchez...
Al recomponer este último detalle de su pesadilla, la imagen incolora que momentos antes surgiera en su cerebro, reapareció en toda su fuerza, y la vida ficticia de sus noches y la realidad se dieron la mano. El hombre que tenía delante era el mismo con quien tantas veces soñó en sus horas nocturnas de fiebre; era el original de aquel fantasma que pretendió abrazarla so pretexto de representar una ópera desconocida; aquellos ojos eran los mismos ojos verdes y penetrantes que en su pesadilla de la última siesta la observaban cuando ella iba hacia el Campo Santo en hombros de cuatro sepultureros imaginarios; la mirada diabólica que registraba sus pensamientos más íntimos y gravitaba sobre ella como una maldición. Ante aquel hombre tan temido, su valor flaqueó, y tapándose la cara con un pañuelo rompió a llorar. Montánchez se levantó.