—¿Qué es ello?—dijo—. ¿Se siente usted mal?

La joven no repuso y siguió llorando, dejando correr a lo largo de sus dedos gruesos lagrimones.

El médico quiso pulsarla, mas ella le rechazó violentamente.

—¡No, por Dios... suélteme usted!...

—Consuelo—exclamó Sandoval procurando obligarla a levantar la cabeza—: no te pongas así, ¿qué tienes?...

—¡Déjeme usted tranquila: no me toque usted!

—Pero si soy yo quien te habla... ¿no me conoces?...

Ella le miró: estaba hermosa, con las mejillas encendidas y cubiertas de lágrimas y los ojos brillantes. Una sonrisa imperceptible alegró sus labios; pero al ver a Montánchez que se había quedado un poco detrás, sus facciones volvieron a contraerse penosamente. Alfonso insistió:

—¿Qué tienes?

—Nada, déjame en paz.