—Consuelo, está aquí Gabriel, que se enfadará contigo y con razón.

—¡No guardo contemplaciones a nadie!—gritó la joven furiosa—; eso es lo que quiero, que se enfade, que se vaya... que no vuelva más... Ea, ya lo dije bien clarito para que todos me entiendan; ¿lo ha oído usted?... pues me alegro mucho de que lo sepa. No le quiero; sin saber la causa me pongo nerviosa en cuanto le siento... No me es usted antipático, precisamente, pero le tengo miedo, muchísimo miedo...

Sandoval se había levantado y miraba estupefacto a su amigo; mientras Montánchez, de pie y con los brazos cruzados sobre el pecho, según su costumbre, sonreía con sonrisa burlona imperceptible.

—¿Pero quieres callar, imprudente?—gritó Alfonso exasperado.

—No, no... quiero que se vaya...

Continuaba echada sobre el diván, tapándose los ojos con ambas manos. Gabriel, sin despedirse, dirigíase de puntillas hacia la puerta. Alfonso le siguió. Cuando llegaron al recibimiento, Sandoval preguntó:

—¿Qué piensas de todo esto?

—Es un caso muy extraño—repuso el médico gravemente.

—Es que te odia.

—Sí, me odia y me teme: quizá la inspiro más miedo que aborrecimiento.