—¿Y qué opinas de su mal?

—No he conocido ningún temperamento tan original como el suyo: es un carácter incomprensible que tan pronto está de un modo como de otro; o más exactamente: son diez o doce caracteres diferentes arracimados en un solo espíritu. Desde que me hablaste de ella hasta ahora, he pensado mucho en su enfermedad, y con lo que me dijiste y lo que acabo de presenciar, creo conocerla bien. Consuelo tiene un temperamento extraordinariamente sensible; el menor accidente la contraría, el obstáculo más insignificante la asusta; a solas se atreve a todo, en el terreno de los hechos no es capaz de nada; su voluntad, por tanto, es una actividad puramente subjetiva, que no trasciende al exterior, que no sale fuera de su propio ser y se limita a elaborar ideas que, por no tener cimiento sólido, son siempre descabelladas, y a voliciones que ceden y se desvanecen al primer asomo de peligro. Consuelo es una persona doble, o lo que es lo mismo: entre sus muchas manías, cada una de las cuales constituye un carácter distinto, hay dos determinadas y permanentes. En el seno del hogar, contigo o con otra persona que la inspire confianza, debe de ser alegre, decidora, resuelta y hasta un tantico amiga de imponer su voluntad; en cambio, cuando se halla entre extraños, parece cohibida y acobardada. Al principio de la consulta me miraba familiarmente; luego advertí en ella señales de turbación que fueron aumentando hasta provocar el desenlace que hemos visto y del cual la pobrecilla no es responsable: y es que se turba; que en su cerebro debilitado desde aquel susto que me referiste, las ideas se confunden y la falta de aplomo en los pensamientos origina esas vacilaciones y esos terrores pueriles cuyo origen desconoce ella tanto como nosotros. Su falta de carácter lo atestigua su modo de mirar; Consuelo no puede sostener la mirada porque carece de voluntad.

—¿Y será fácil su curación?

—Creo que sí, y debemos intentarla en seguida, antes que el daño crezca.

Hablaron del plan curativo.

—Yo emplearía el hipnotismo—dijo Montánchez—; es mi panacea para toda clase de males. Además, el magnetismo no deja en el cuerpo, como el mercurio, señales de su paso: el imán, cual la luz, obra sin manchar. El hipnotismo es la gran terapéutica del espíritu: impón a Consuelo tu voluntad, domínala, enséñala a tener firmeza en sus deseos y conciencia de sus actos, tonifica mediante esa gimnasia espiritual los resortes de su carácter relajado, y verás cómo esas veleidades ridículas desaparecen.

—Pues, en ese caso—contestó Sandoval estrechando la mano de su amigo, que ya se marchaba—, quedas en libertad de obrar según te acomode; ven cuando gustes y procederemos al primer ensayo.

Despidióse Montánchez, y Alfonso volvió al gabinete donde Consuelo le esperaba arreglándose los cabellos. Al verle entrar, la joven corrió a echarse en sus brazos.

—Concho, ¿de qué habéis hablado tanto?... Hijo, desde aquí no oía más que el “muu” de la conversación; parecíais dos moscones.

—Contento me tienes—repuso Alfonso sentándose y afectando gran seriedad—; ¿es disculpable lo que has hecho esta tarde?... ¿Qué dirá ese hombre de nosotros? Vamos a ver, ¿qué dirá? Pues dirá que eres una niña incorregible que no debió salir nunca de la escuela y que mejor estaría en un convento estudiando el abecé, que casada; y yo, un marido bonachón, un ablandahigos sin medio adarme de sentido común para distinguir lo bueno de lo malo, y sin fuerza de voluntad para hacerme respetar ni aun de las muñecas como tú. Ahí tienes, eso es lo que dirá, ¿te parece bonito...