Consuelo sonreía comprendiendo que Alfonso no hablaba formalmente; esto la tranquilizó.
—Pero, hijo mío, si no lo pude remediar; ese amigote de los demonios es muy antipático.
—Pues, niña, bien guapo es.
—¡Lo cual no impide que sea muy antipático, concho!
—Haces mal en odiar a Gabriel—dijo Alfonso—, cuando no hay razón para ello; pues, como enseña un antiguo proverbio, necesitamos comer una fanega de sal con un hombre antes de conocerle.
—No, señor; yo le conozco muy bien, como si nos hubiésemos criado juntos; y sé que es un infame, un bandido de mala ley... ¡ya ves si le conozco mejor que tú!...
—No hay hombre que no tenga sus ribetes de bellaco.
—¡Y además, tiene cara de bruto!
Sandoval se echó a reír.
—No rías, que es la verdad; de bruto... y luego con aquellos bigotazos que parecen... no sé qué...