—¿Bigotes Montánchez? ¿Gabriel con bigotes?—exclamó Alfonso—; muchacha, ¿has perdido la chaveta?
—¿Que no tiene bigote?...
—¡Qué ha de tener, si siempre anda afeitado como un inglés!... ¿Pero tú, cómo miras a las personas que después no las recuerdas?... Apuesto a que si me vieras en la calle no ibas a conocerme tampoco.
—Pues, no sé—dijo—, no me acuerdo...
Y así era.
A la semana siguiente verificóse la primera prueba de hipnotismo que, como era de suponer, no dió ningún resultado.
Practicóse el experimento en casa de Sandoval, una tarde.
Acomodóse Consuelo en un sillón, de espaldas a la luz y con la cabeza echada hacia atrás; delante de ella se puso Montánchez, y a un lado, y de modo que ella no podía verle, Alfonso.
—El sueño hipnótico vendrá en seguida—dijo Gabriel disponiéndose a la operación—, porque este cuarto reúne inmejorables condiciones; poca luz y mucho silencio. Usted procure no distraerse y cortarle los vuelos a la picara imaginación: de no hacerlo así, dificultaría usted mucho mi trabajo y nos cansaríamos todos inútilmente. Piense en lo que vamos a hacer; esto es: en que se halla enferma, y que yo, para curarla, quiero dormirla; que Alfonso también desea oírla roncar como una bienaventurada, y que usted procura dormir porque está rendida y tiene mucho sueño. Conque, veamos, ¿lo hará usted así?... Ponga sus manos sobre las mías y míreme fijamente a los ojos, tratando de pestañear lo menos posible.
Pero Consuelo, a quien la sola presencia de aquel hombre bastaba otras veces para ponerla de mal humor, no podía reprimir la risa; una risa inmotivada y tonta que llenaba de lágrimas sus bellos ojos.