—Ya sé lo que debo hacer—decía—; pero no consigo mirarle seriamente: pone usted un semblante tan estrafalario que me río con toda el alma; pero no de usted, concho, no sea que “papá” Sandoval lo oiga y luego haya sermón: es del hip... no... tizador, ¿no se dice así?... Hip, hip, hip... parece que acaba una de comer, que no hizo bien la digestión y que está hip... hipando.
Montánchez no respondió, esperando a que pasase aquel acceso de hilaridad. Cuando la comprendió más tranquila, volvió a cogerla de las manos.
—Procedamos con formalidad—dijo—; quizá de esto, que parece un juego de estudiantes, dependa su curación.
—¡Pero si no estoy mala!... ¡qué hombres éstos... empeñarse en decir a todo el mundo que estoy enferma y que ellos van a curarme!... Vamos, ¿se apuesta usted algo a que de los tres que estamos aquí quien primero se muere es usted, y que una de las mujeres que irán al entierro seré yo?... Ea, ¿se apuesta usted algo?...
Fue preciso desistir de la empresa, pues cuando Consuelo se hartó de reír, se levantó diciendo que no quería más mojigangas.
A la tarde siguiente hubo otra sesión hipnótica.
Esta vez Montánchez, para evitar los perturbadores efectos de la risa, acudió a otro procedimiento. En las garras del buitre disecado que colgaba del techo, ató un hilito del cual pendía un esferita de metal brillante. El hilo tenía la longitud necesaria para que la bolita metálica estuviese suspendida a media pulgada sobre el entrecejo de Consuelo, quien, como el día anterior, hallábase sentada en un sillón de espaldas a la luz.
—Mire usted a esa esfera—dijo Montánchez—, y si se arma de paciencia, antes de cinco minutos dormirá como un lirón.
La joven quiso obedecer.
—¡Concho—exclamó pasados algunos segundos—, yo no sigo mirando!