—¿Por qué?

—Porque me duelen mucho los ojos.

—Tenga usted calma, mujer, que ese desasosiego visual es el primer síntoma del sueño.

Consuelo volvió a inclinarse hacia atrás mientras Alfonso y su amigo permanecían inmóviles, conteniendo la respiración. Durante algunos instantes sólo se percibió la tranquila respiración de la joven, el tic-tac del reloj, el sordo rumor de los coches rodando sobre el entarugado de la calle...

Sandoval miró al médico preguntándole con un gesto si la paciente dormía; Montánchez se encogió de hombros, pero viendo que habían pasado cinco minutos, aproximóse a ella de puntillas. Consuelito Mendoza tenía las manos caídas sobre la falda, la boca entreabierta, los ojos cerrados y el aspecto de una persona dormida.

—¿Duerme?—preguntó Alfonso.

—Ahora veremos.

—Mejor será dejar que el sueño sea más profundo.

—Sí... mejor es.

Entonces ella abrió sus grandes ojazos y lanzó sobre el médico una mirada burlona como una carcajada.