—¡Yo no estoy dormida!

—¿Y por qué tenía usted los ojos cerrados, diablillo indómito?

—¡Concho, porque me dolían mucho! Y, además, porque para mirar esa bola debo ponerme bizca y no tengo ganas de quedarme hecha un adefesio para toda la vida... Entonces ya podía echarle un galgo corredor a mi maridito, que se iría por esos mundos a buscar mujeres que le mirasen con buenos ojos.

Sandoval quiso reñirla por su falta de respeto y de juicio.

—Vaya—exclamó Consuelo insinuando un mohín como si fuese a llorar—, te aseguro que por hoy no puede ser; no te encalabrines, hombre, mañana será otro día; ahora estoy muy distraída y os será imposible sacar partido de mí. ¿Sabes de lo que estaba acordándome hace un rato?... Pues de aquella fábula que habla de un labrador que, estando sentado a la sombra de un guindo, se lamentaba de que las guindas no fuesen tan grandes como los melones; y cuando ya empezaba a sentir humos de teólogo campestre y a decir que el mundo no estaba bien arreglado y que Dios no sabía un pitoche de eso de fabricar planetas, ¡pum! le cayó una guinda en la punta de la nariz; lo cual le hizo comprender que bien están los melones cerquita del suelo. Y por eso yo pensaba: si conforme esta bola es una esferita que no pesa, fuese como un melón o un pepino, cualquiera me hacía estar debajo de ella...

—Pues mírese usted las narices—dijo Montánchez—, a mí, me es igual...

—Como a mí—interrumpió ella riendo—, que se mire usted las suyas, o que se las suene.

—Lo digo porque los resultados son idénticos; ese procedimiento y el de mirarse el ombligo eran los usados por los frailes medioevales.

—¡Hoy no me parece nada bien; mañana, mañana!...—gritó Consuelo.

Montánchez se convenció de que la misma impresionabilidad de la joven, que al principio juzgó circunstancia favorable para emplear el hipnotismo como plan curativo, era el primer obstáculo que entorpecía sus planes.