Consuelo Mendoza era una desequilibrada animada por un espíritu de protesta que la incitaba a rebelarse continuamente. Cuando comprendía que se trataba de un asunto serio sentía deseos de jugar, porque su alegría y su risa se excitaban ante la gravedad ajena; y, por el contrario, si veía a los demás contentos, experimentaba súbitos accesos de tristeza. El único modo de dominarla era sorprenderla con lo desconocido, con lo que ella no pudiese prever ni esperar; a traición exclusivamente se vencerían las asperezas de aquel carácter que sólo era consecuente en sus propias inconsecuencias.
—Estoy seguro de subyugarla—decía Montánchez a su amigo—; si bien necesitamos aprovechar la ocasión propicia. Siempre el primer experimento es el más difícil, porque aún el organismo no está predispuesto a recibir las influencias del sueño hipnótico, pero en los sucesivos se camina como por país conquistado.
Aquella ocasión tardó mucho en presentarse.
Aunque Alfonso dejó de ir al casino con tal de que Montánchez fuese a visitarle por las tardes, casi nunca Consuelo les acompañaba: se metía en sus habitaciones y ellos quedaban en el comedor, con los pies colocados sobre los morillos de la chimenea, las piernas envueltas en mantas, fumando y bebiendo café, adormecidos en la tibieza de la atmósfera. A veces Consuelo, cansada de estar sola, venía a acompañarles: ellos entonces sacudían su pereza oriental y hablaban de los asuntos del día, para distraerla: Sandoval refería chascarrillos o el escándalo de la última semana: Montánchez le escuchaba atentamente, porque aquéllos eran los ecos de un mundo que él desconocía.
Las conversaciones de su amigo despertaban en su memoria gratos recuerdos de otros tiempos y de otros lugares, y su borrascosa juventud desfilaba ante sus ojos medio cerrados: él también había amado y reñido con maridos celosos, y recibido heridas por mujeres que no le importaban, y peleado, como Byron, por una patria que no era la suya, y sufrido miserias por el gusto de triunfar de todas y poder referirlas después... Y entonces recordaba los años que fueron y le acometían súbitos deseos de desenterrar, charlando, detalles de su historia que sus amigos ignoraban; y cuando Alfonso agotaba el tema de las comidillas callejeras, Gabriel hablaba de París, de Argel, de un carnaval pasado en Venecia, de la noche en que hirió, a la entrada de Atenas, a un marinero corso por una mora a quien había visto sólo un ojo y con la cual huyó después a Menidi; de las noches pasadas al pie de las palmeras en los oasis, contemplando el fantástico espectáculo de la luna iluminando la arenosa inmensidad del desierto; y de las orgías nocturnas celebradas en góndolas al pie del Vesubio, con napolitanas complacientes...
A Consuelo la divertían aquellos episodios que, por lo inverosímiles, parecían capítulos sacados de un folletín.
Montánchez gozaba refiriéndolos, y como los recuerdos, cuando son muy vivos, caldean el cerebro, aquellas viejas memorias adquirían a sus ojos toda la fuerza de la realidad: entonces parecía que su alma misteriosa, deponiendo su habitual reserva, se desdoblaba para mostrarse mejor, y Consuelo le escuchaba embelesada, algunas veces con curiosidad, otras con grima, siempre con interés.
Gabriel Montánchez, que vivió mucho en poco tiempo, era más viejo de lo que parecía y tenía una historia más larga de lo que sus amigos imaginaban. Aquel hombre cuyos ojos encerraban, como el mar, abismos insondables; el médico que vivía encerrado en su estudio, emborrachándose con tinta, según la expresión de Flaubert, y arrancándole secretos al cuerpo humano con el microscopio y el bisturí; aquel viejo de cuarenta años, tan frío y dueño de sí mismo, era en sus ratos de expansión, otro individuo. A pesar del empeño que siempre mostraba en no revelarse, la naturaleza o el temperamento vencían su voluntad, y el alma surgía. Su conversación era sencilla, su lenguaje claro, sus pensamientos ingeniosos o mordaces: todo lo refería llanamente, con un candor de niño grande que cautivaba, aun cuando tratase asuntos difíciles: los mayores delitos los refería claramente, sin rebuscar palabras que dulcificaran las durezas de la acción ni disculparse de las infamias cometidas.
Aquellas confesiones provocaban las de Sandoval, reverdecía sus amores de estudiante, las graves deudas que contrajo y de las cuales hubo de librarle su padre, su viaje por Europa, en compañía de algunas pecadoras que se encargaron de embellecerle su estancia en Basilea, Munich y París, y otros pormenores de su antigua vida de soltero: Montánchez refería una historieta y él otra, y a veces contaban entre los dos una travesura en que ambos intervinieron.
Consuelo les oía silenciosa, sin acordarse de su costura, pensando que su inocencia debía de ser muy grande cuando no tenía nada que referir: quería conocer bien los secretos del hombre a quien estaba unida por los vínculos del amor, de la religión y de la ley, y de aquel otro fantástico personaje que el Destino atravesaba en su camino. Pero en Alfonso jamás sorprendió nada aborrecible; siempre fué el mismo calavera de buen tono, franco y valiente, que ella conoció; mozo sin dobleces ni hipocresías, poeta por temperamento y artista de corazón, que necesitaba de la alegría y del amor, como del aire, para poder vivir.