En Montánchez su fino instinto procuró ver la luz, y, no hallándola, retrocedió espantada ante las tinieblas pavorosas que rodeaban su espíritu gigante: aquel hombre, a pesar de su amabilidad y de la miel que destilaban sus labios, tenía una historia lúgubre, que se traslucía en las sencillas narraciones de su vida pasada. Lo más novelesco, los cuadros más interesantes y dramáticos, aquéllos donde existía un destello de pasión para disculpar los errores del hombre, eran los que Montánchez contaba; pero tras estos episodios había otros cuidadosamente velados, lagunas enormes que el narrador no quiso o no supo llenar, contradicciones que envolvían misterios, viajes sin objeto, ciudades y personas cuyos nombres no pudo saber.

A Sandoval le parecía su amigo un calavera afortunado y de talento, que, cansado de correr mundo, se retiró a la vida tranquila cuando su cerebro conservaba aún muchas energías para el estudio y su corazón mucho entusiasmo por la gloria; para Consuelito Mendoza, Gabriel Montánchez era algo peor que un aventurero; era un criminal; y su imaginación, predispuesta siempre a ver las cosas abultadas y por su lado pésimo, creyó adivinar en el misterioso pasado de aquel truhán muchas páginas rojas. Su marido decía que Gabriel fué un loco de buena índole, porque él era bueno y no podía juzgar mal a nadie; pero ella no pensaba así: Montánchez no trabajaba “por amor al estudio”, mentira; quien tal cosa dijese, era un embustero o un tonto: estudiaba por distracción, por espantar algún remordimiento ineluctable: el trabajo era para él lo que el aguardiente para los borrachos o el opio para los chinos; un medio de olvidar...

Gabriel Montánchez era alto, fornido, con un pechazo de atleta y un cuello de león. Cuando aquel cerebro privilegiado funcionó estimulado por la abrasadora sangre de la juventud, y a sus nervios, semejantes a hilos telegráficos, los contrajo la pasión, sus energías serían portentosas. Era, pues, un coloso que, si entonces se mostraba grande en sus libros y en sus rarezas, también lo fué antes en sus amores y en sus crímenes. Un amor desgraciado y un crimen horrendo: tal era, según Consuelo, el nudo más interesante de la historia del terrible médico.

Prescindiendo de estas particularidades físicas, lo que más aterrorizaba a Consuelo era la aureola sobrenatural que, según ella, envolvía el nacimiento y la historia del arriscado desertor de las tropas argelinas. Montánchez era médico, conocía el mecanismo de los músculos y de los huesos, los secretos de la química y de la botánica, y dormir con los ojos e imponer su voluntad a la persona dormida, convirtiéndola en instrumento inconsciente y dócil de sus caprichos; y además de este saber peligroso que adquiriera en las bibliotecas, había viajado mucho por Oriente, donde aprendió, quizá por boca de algún endiablado brujo, el secreto de componer venenos, decir sortilegios y preparar filtros mágicos. En suma: Montánchez era un bandido que, cual otro Judío Errante, recorrió el mundo bajo la nefasta influencia de su sino; un corsario del siglo XV vestido a la moderna, un brujo rezagado de la última “misa negra” que se celebró antes del descubrimiento del gas; un nigromante que, a usar bigote, hubiera tenido tres pelos del diablo en cada una de sus guías; una mala persona de la que era prudente recatarse como de los espíritus infernales...

—Adviértele a Gabriel—dijo Consuelo a su marido una noche después que el médico se hubo marchado—, que no vuelva a contar más aventuras; de oírle me pongo nerviosa; es un hombre que da miedo, porque, si es malo lo que cuenta, peor es lo que calla.

—¿Así que tú crees que Montánchez es uno de los pocos demonios que se libraron de las parrillas inquisitoriales?

—Poco menos.

—Entonces, ¿un Borgia con su correspondiente redomita de venenos en el pomo de la espada?... Pues aún le haces favor...

—Búrlate cuanto quieras—exclamó la joven—, pero ¡ojalá que ese tío no sea nuestro ángel malo!

Alfonso sonrió.