—¡Ay, cabecita, cabecita mía!—dijo—, ¿cuándo te acostumbrarás a ver las cosas como son?...
Aquellas tardes de invierno pasadas con sus amigos y al amor de la lumbre, fueron una resurrección para el misantrópico carácter de Montánchez.
Insensiblemente su espíritu despertaba, sus expansiones eran más francas, sus pensamientos más explícitos, y aunque seguía fiel a su antigua costumbre de vivir retraído, esquivando las impresiones con el mismo cuidado que ponía en impedir que ciertos elementos químicos quedasen expuestos a la luz, aquel cuartito bien alfombrado y confortable de la calle Arenal, fue para él un oasis delicioso en su desierto de estudios y vigilias. En casa de Alfonso encontró comodidades, una chimenea siempre encendida, tabacos, café, un amigo con quien evocar libremente los recuerdos de los años pretéritos en la seguridad de ser escuchado con interés, ya que sus vidas corrieron juntas muchas veces, y una mujer que halagaba su vanidad con la atención que prestaba al relato de sus aventuras.
En el seno de aquella intimidad, donde la presencia de Consuelo reforzaba el afecto de los dos amigos, pasó el invierno y llegó el mes de mayo con sus alegres alboradas.
—Estoy quebrantando mis votos—solía exclamar el médico—, y jugándome la tranquilidad; y como aún soy joven y remolco muchos vicios sobre la conciencia, temo que el mundo consiga engatusarme otra vez.
Sandoval procuraba retenerle alegando, entre otras razones, la necesidad de velar por la salud de su mujer.
—No seas maniático—decía—; aquí vives perfectamente, tan libre del mundo y del tiempo como en tu misma casa; puedes con más facilidad estudiar el temperamento y los achaques de mi enfermita y, sobre todo, ganar poco a poco su confianza y su aprecio, circunstancias que te permitirán entenderte con ella y someterla a tus procedimientos sugestivos.
—Eso sí—replicaba Gabriel—, en cuanto yo pueda allanar el misterioso santuario donde las personas nerviosas encierran sus afectos, y Consuelo se acostumbre a verme sin temblar, su curación está asegurada.
La vida de Montánchez había cambiado notablemente. Al principio sus visitas eran raras, parecía que le llevaban a remolque, y siempre pretextaba, para no ir, su amor a la soledad o la urgencia con que había de terminar algunos trabajos: después sus visitas menudearon y pocos meses después eran casi diarias: hubiérase dicho que su espíritu empezaba a disfrutar de una segunda primavera y que bajo el sol de la amistad retoñaban los pocos gérmenes que no tronchó el sufrimiento.
—El mundo y la juventud vencen mi voluntad—decía Gabriel cuando vió que el fastidio también le perseguía en su cuarto de estudio—; la soledad me aburre, mi dolor de tantos años se desploma, el contento vuelve a uncirme a su dorado carro de cascabeles...