Pero Consuelo creía con terror que quien le arrastraba era un diablo, y que ese diablo le empujaba hacia ella...

La joven seguía empeorando; cada vez su temperamento era más irritable, más irregular; lloraba y reía por todo, y su carácter cambiaba como las piedras de un kaleidoscopio sin que en ella se revelase ninguna idea matriz que sirviese de norma a sus pensamientos. Pocas eran los noches en que no sufría algún ataque de jaqueca: entonces se ponía insoportable; todo la molestaba: la luz, el ruido de los platos que la doncella fregaba a cencerros tapados al otro extremo de la casa, el ruido de la péndola del reloj, las voces de los vecinos, el rodar de los coches. Al fin se quedaba dormida boca abajo, con la cabeza entre las manos para no oír, sufriendo descargas nerviosas que la hacían brincar cual si de improviso la pusieran en comunicación con una pila eléctrica.

Algunos médicos que la examinaron dijeron que aquello no revestía gravedad, que todo ello desaparecería con los primeros síntomas de embarazo, y que era inútil y hasta peligroso emprender ningún plan curativo, ya que se trataba de una enfermedad que no ofrecía caracteres determinados. Montánchez también se mostró partidario de la espera.

—Aguardemos—decía—a que llegue el verano; el frío ejerce influencia funesta sobre los organismos delicados, pues contrae los nervios sometiéndolos a dolores cruelísimos; con los primeros calores se disiparán esos amagos de histerismo y entonces emplearemos con ella un tratamiento más bien higiénico que terapéutico.

A despecho de tantas opiniones tranquilizadoras, un accidente imprevisto demostró que no se trataba de ningún desarreglo vulgar, y que el mal de Consuelo adquiría proporciones alarmantes.

Una tarde, después que Montánchez se marchó, la joven fué a sentarse sobre las rodillas de su marido, rogándole con porfiada insistencia que contase algún cuento para distraerla; todo el día estuvo alegre y parlanchina, y muy entusiasmada con la idea de ir por la noche a ver unos acróbatas chinos que despertaban en el público, según decía el cartel, “gran atracción”.

—¿Te sientes bien?—preguntó Alfonso.

—Sí, muy bien.

—Tienes amarillentos los ojos y las encías muy pálidas—agregó él examinándola—; pronto empezarás a beber agua de hierro y en cuanto llegue el buen tiempo saldremos a pasear todas las mañanas, para que aspires los aires vivificadores del campo; y este verano, al mar, a bañarnos y a correr por la playa. Dos meses de vida salvaje nos harán infinito bien a los dos: este Madrid es una cloaca blasonada donde estamos pudriéndonos poco a poco.

—Conformes, ¿me cuentas eso?...