—No creas—continuó Sandoval distraído—, yo también deseo verme vestido de campesino y tener una escopeta y un perro, ¡me aburren tanto esas alamedas del Retiro, con sus arbolitos recortaditos y afeitados por la mano del jardinero!...

—¿Me complaces en lo que pido—interrumpió Consuelito impaciente—, sí o no?

—Sí, niña; ¿qué es ello?

—Un cuento.

—¿Cómo lo quieres?

—¡Como te dé la gana, con tal que dure hasta la hora de cenar!

Y su cara, hasta entonces sonriente, se puso seria, expresando en pocos segundos sorpresa, furor y angustia.

Había visto en el alfiler de corbata de Alfonso un hilo de toquilla, que recordaba la presencia de otra mujer.

—¿Qué tienes aquí?—preguntó levantándose y cogiendo entre sus dedos convulsos aquella prueba de adulterio.

—¿Dónde?—preguntó Sandoval estupefacto.