—Aquí, ¿no ves? ¿Dónde has estado, de dónde vienes, a qué mujer has abrazado? Alfonso, dímelo por Dios, por tu madre... mira que prefiero saber la verdad, toda la verdad, por tus labios. ¿No ves? Habla, cuéntamelo todo, yo te perdono antes de saberlo... pero dime a quién has abrazado, dime su nombre, ¡su nombre! para que yo pueda maldecirlo...

—¡Consuelo, por lo que padeció Cristo en la cruz!

—Porque tú has abrazado a otra mujer—afirmó ella—; éste es un hilo de toquilla, de una toquilla azul y yo no tengo ninguna de ese color...

—Cálmate y déjame hablar—dijo Alfonso poniéndose muy serio—, y procura no aturdirme con papeles trágicos; estás preguntándome cosas a las cuales no puedo responder porque las ignoro tanto como tú...

—¡Mentira!

—Repito que no puedo satisfacer tu curiosidad más que con suposiciones: yo no he estado en ningún sitio donde no pueda entrar contigo, y con esto digo bastante: ni he hablado con mujeres. Ese hilo maldito habrá caído de algún balcón y se enredaría ahí... ¿qué sé yo?...

—¡Mentira!—gritó la joven con vehemencia—, conozco que mientes en tu manera tibia de negar; porque si fueras inocente y te doliesen mis dudas, protestarías fogosamente, como todo el que tiene su conciencia limpia.

Y continuó mesándose los cabellos:

—¡Con otra, Virgen santa, con otra, dejarme a mí por otra, a mí, que le quiero tanto!... ¡Eres un criminal que va matándome poco a poco!... Y es que ya no me quieres... estás harto de mí y con mi enfermedad, Dios mío, te aburro más aún... y me castigas así, dejándome, como si yo tuviese la culpa de los dolores que sufro...

—¿Quieres escucharme una observación?