—No, este desengaño me mata... no podré resistirlo... ¡Con otra, padre mío, con otra!...
Aquel ataque de celos fue tan violento, que su delicado organismo no pudo soportarlo. Calló repentinamente, permaneciendo de pie, con la cabeza un poco inclinada hacia adelante y los brazos inertes a lo largo del cuerpo; parecía la imagen del abatimiento: después, perdiendo el equilibrio, lanzó un grito ronco y hubiese caído al suelo si Alfonso no la coge del talle.
Inmediatamente una criada fué en busca de Montánchez, que no tardó en acudir: cuando llegó, la joven seguía tendida en la cama sin recobrar el conocimiento: tenía los ojos un poco abiertos y entre los párpados dos gruesos lagrimones que parecían congelados; el semblante conservaba su color habitual, pero el pulso era casi imperceptible y la respiración fatigosa. Gabriel la llamó por su nombre y no obtuvo contestación.
—Está insensible—dijo—; todo lo que ahora hiciésemos por despertarla a la vida sería inútil; esperemos a que decline la crisis.
—¿Te parece—observó Alfonso—que le echemos agua fría por la cara?... Acaso reaccione.
—No consigues nada, pues no hay reacción donde la sensibilidad falta; es preferible aguardar a que vuelva en sí, y probablemente no tardará mucho, pues ya la naturaleza estará luchando y poniendo en juego sus resortes para triunfar del mal.
Alfonso, lleno de impaciencia, comenzó a pasear por el gabinete, mientras Montánchez permanecía de pie junto a la cama, mirando a la enferma: estaba un poco pálido y en su semblante impasible vagaba una ligera expresión de tristeza y ansiedad. En aquel momento Consuelo sonrió y sus facciones denotaron bienestar infinito.
—Consuelo—exclamó Alfonso cogiéndola una mano—, ¿te sientes mejor?
Montánchez le hizo seña de que era inútil hablar, pues la enferma no oía.
—¿Que no me oye... y está riendo?