—Ríe... ¡vaya al diablo a saber de qué! Esta muchacha es histérica y casi todos los ataques de histerismo se presentan así.

—Nunca la he visto igual.

—Es porque el mal sigue creciendo.

—¡No quiero café, concho!... ¿No sabes que me pone nerviosa?—gritó de repente la joven.

Los dos hombres se miraron.

—De eso hablamos hoy a la hora de almorzar—dijo Alfonso—. ¿Pero será posible que no me oiga?... ¡Consuelo, Consuelo!...

—Alfonsete, ¡qué rico!...—exclamó ella—, las consecuencias serán de oro, ya verás... si no te quedas ciego... ¿Sabes que me duele el corazón?

—¡Si parece loca!—murmuró Sandoval consternado—; ¿es posible que se discurra así sin haber perdido la razón?...

—Lo que presenciamos no es extraordinario; cuando recobre el conocimiento estará como de costumbre y sin acordarse de nada.

Consuelo se había quedado seria y su semblante expresó ira, cansancio, después miedo.