—¿Y si muriera en un ataque de esos?...—preguntó Alfonso.
—Imposible, en el caso presente, por lo menos.
Sandoval empezó de nuevo a pasear con los brazos cruzados a la espalda, mientras el médico continuaba en la alcoba mirando a la joven con insistente fijeza. Entonces Consuelo sonreía con sonrisita semejante a un iris de paz, cual si sus oídos gozasen los acordes de una música deliciosa.
Alfonso, que se había detenido delante del lecho, exclamó:
—¿Es hermosa, verdad?
—¡Oh... es preciosa!—repuso Montánchez cerrando los ojos, distraído y como en éxtasis.
Sandoval le miró un instante y dijo:
—No puedo estar tranquilo mientras la vea tendida ahí, como una muerta; ¿quieres que probemos a despertarla dándole a oler amoníaco?
—Probemos.
Alfonso salió del gabinete trayendo a poco un frasquito destapado que puso bajo las narices de la enferma; ésta, al principio, no demostró sentir nada; luego ladeó la cara con un gesto de repugnancia, se colorearon sus mejillas y empezó a toser.