—Hola—murmuró Sandoval alegre—, ya parece volver a la vida.
Pero Montánchez le obligó a retirar el brazo, diciendo:
—No lo creas; esa tos proviene, no de que su olfato perciba el olor, sino de la irritación que el amoníaco produce en la membrana pituitaria; tengamos paciencia, pues, para ser espectadores.
Transcurrieron algunos minutos y Consuelo comenzó a inquietarse; la sonrisa huyó de sus labios y su entrecejo se contrajo; parecía ahogarse; luego balbuceó palabras incoherentes...
—A... aa.. ven, ven... siento que suben... la escalera, qué miedo, qué frío... es un hombre, un hombre alto... ¡¡Alfonso!!
Dió un grito fortísimo, y como si los músculos del cuello hubieran perdido instantáneamente el vigor, su hermosa cabeza rodó sobre la almohada, y su boca se llenó de espumarajos que en vano pretendía escupir; después llevóse las manos al corazón y su respiración fué difícil, agitóse violentamente presa de movimientos espasmódicos y volvió a quedar tranquila. Luego bostezó profundamente y abrió los ojos; sus miradas, que parecían por lo inmóviles las de una idiota, se fijaron alternativamente en su marido y en Montánchez.
—¡Uy, qué miedo!—murmuró.
—¿Quieres agua?—dijo Alfonso acercándola un vaso a los labios.
—Agua... agua—repitió ella como un eco.
Bebió algunos sorbos y volvió a tenderse diciendo que tenía mucho sueño.