El acceso histérico había pasado.

Aquellas crisis se repitieron. Ocurrían sin pretexto justificativo, a veces por la menor contrariedad, y se anunciaban por un malestar general y una laxitud indefinible que obligaban a la paciente a adoptar distintas posturas sin que en ninguna de ellas acertara a estar bien: entonces sentía frío y calor, contento y tristeza, miedo y ganas de llorar; era una modorra suprema que la hacía maldecir de sí misma.

Con los primeros amagos de sueño experimentaba deseos de estirarse y de suspirar: extendía los brazos y las piernas, arqueaba la columna vertebral con la voluptuosidad de los gatos que se desperezan al sol, y su boca se abría bajo la acción de grandes bostezos que hacían crujir sus mandíbulas y llenaban sus ojos de lágrimas. Después quedaba inmóvil, los párpados temblaban un momento antes de cerrarse, la cabeza perdía su posición, y sus miembros, atacados de súbito desmadejamiento, adoptaban la actitud más conforme con las leyes de la gravedad: en seguida sobrevenía el desvanecimiento y la insensibilidad era completa.

Aquello era una muerte que sólo conservaba de la vida el aliento y un poco de calor: perdido el oído, la vista y el olfato, el mundo exterior desaparecía completamente.

En ciertas ocasiones el ataque era pasivo y Consuelito Mendoza conservaba durante muchas horas la misma posición, sin parpadear ni moverse: otras su espíritu rebrincaba furioso en su cárcel de células, víctima de pesadillas intraducibles, y entonces refería escenas que había presenciado o lo que pensaba hacer, y todo con perfecta hilación y notable claridad y lógica, como si estuviera despierta.

Cuando las crisis eran habladoras, Alfonso y su amigo escuchaban con vivísimo interés aquellas confesiones inconscientes en que la enferma refería todos sus pensamientos con la prolijidad y franqueza del que charla sin saber que le oyen; y tan íntimas fueron en más de una ocasión sus confidencias, que Sandoval hubo de taparle la boca.

Todo cuanto se hacía para arrancarla de aquel estado, era inútil; no había medio de conmoverla; los nervios estaban rotos o embotados y era imposible hacerlos vibrar.

Lo más sorprendente de aquellas crisis eran los presentimientos, las corazonadas. Consuelo, que no veía la luz encendida delante de sus ojos, ni oía las voces dadas cerca de ella para despertarla, experimentaba pequeñas sensaciones inapreciables para otro cualquiera.

—En toda mi carrera de médico, y a pesar de lo mucho que he estudiado las afecciones mentales—decía Montánchez—, he visto nada semejante: a veces creo habérmelas con una de aquellas adivinas que el fanatismo de la Edad Media asesinó en las hogueras inquisitoriales; a una posesa que mantiene relaciones sobrehumanas con ese mundo fantástico que no vemos y dicen está habitado por millones de almas de personas que ya murieron y de otras que no han nacido aún. Porque en esos momentos, aunque Consuelo no disfrute una vida semejante a la nuestra, tiene otra enteramente suya, en la cual discurre con perfecta lógica; un retablo poblado de imágenes y de escenas que ella misma dispone y al cual raras veces llegan las luces y rumores del mundo.

Y esto era cierto, pues la joven, que parecía ajena a toda sensación física, contraía súbitamente los ojos, como herida por una luz vivísima.