—¡Oh, qué miedo!—murmuraba—, ¿has visto, Alfonso?... Por ahí ha pasado una sombra; será la de algún bandido; sal al balcón y llama a los guardias, di que quieren robarte... pero no, no vayas, porque teniéndote junto a mí estoy más tranquila. Ven, acércate, ¿dónde te escondes?... ¿Es que no quieres estar conmigo?... ¿No quieres?
Extendía las manos y sus dedos se agitaban en el aire buscando un fantasma, un vapor impalpable, y luego cerraba los brazos apretando entre ellos aquel ser misterioso que su imaginación la ofrecía, en tanto su bello semblante expresaba placer y sosiego subidísimos.
Pero la sombra de que hablaba no era un antojo; Sandoval y Montánchez la habían visto también: fué la de un coche que se dibujó fugazmente en el techo del gabinete, o un reflejo ligerísimo que entró por la ventana, casi nada... y, sin embargo, Consuelo la vió, puesto que sus párpados temblaron en el preciso instante de cruzar la sombra y hasta explicó su aparición diciendo que era la de un hombre que huía... Otras veces sus cejas se arqueaban y permanecía inmóvil, conteniendo el aliento y abriendo la boca para oír mejor; después se incorporaba en el lecho, apoyándose sobre un codo y estirando el cuello, como escuchando la revelación de algún espíritu a través del espacio infinito...
—Algo debe de impresionarla—decía Montánchez—; todos sus gestos lo indican.
—¡Consuelo, Consuelo!—gritaba Alfonso—, ¿me oyes?
Pero la joven le rechazaba, imponiéndole silencio con el ademán, mientras escuchaba aquellos ruidos que sólo ella percibía.
—¡Ah, sí, es él... le conozco perfectamente por el modo de andar!... ¡Qué oportunamente llega! Cuando sepa que ha entrado aquí un ladrón y que estuve sola con él, se pondrá furioso... Sí; ya ha entrado en el zaguán; ya empieza a subir la escalera...
En efecto, se oía ruido de pisadas.
—¡Ya viene, ya va a tocar!—exclamaba Consuelo alegremente—; voy a abrirle.
Y como hiciese ademán de levantarse y Alfonso se lo impidiera: