—Dejadme, concho—decía—; quiero abrirle la puerta; es mi marido...
Y sus misteriosos ensueños la daban, efectivamente, la facultad de presentir y de ver a despecho de la distancia y de los cuerpos opacos, pues mientras decía aquello el timbre de la escalera sonaba. Las agudas vibraciones del metal disipaban instantáneamente su ilusión; Consuelo se entristecía, echaba la cabeza hacia atrás y volvía a tenderse en la cama suspirando profundamente.
—¡No es él, no es él!—murmuraba—. ¡Dios mío! ¿dónde andará?... ¿Por qué no viene?...
Transcurrido algún tiempo, la crisis disminuía y su desaparición se indicaba por caracteres semejantes a los que fueron heraldo de su llegada.
Empezaba a desperezarse y a bostezar, paladeaba mucho, chasqueando la lengua como si tuviese mal sabor de boca o se la hubiera atravesado algún cabello en la garganta, se pasaba las manos por la frente y abría los ojos.
Al volver en sí no recordaba nada y permanecía atontada largo rato, sorprendida de oír los detalles que su marido y el médico referían de su accidente. No tenía conciencia de lo pasado y su memoria no hallaba solución de continuidad entre lo último que dijo o hizo antes de perder el conocimiento y el instante en que lo recobró, aun cuando el acceso hubiese durado varias horas.
La buena alimentación, los largos paseos por el campo, los vasos de leche recién ordeñada bebidos en el Retiro o en la Moncloa, y las distracciones de que Sandoval procuró rodear a la joven, no modificaron su salud, que, aparte de su histerismo y de sus ratos de negra pesadumbre, era excelente.
Los primeros días de junio fueron de distracción para Consuelo; el cumpleaños de su marido se acercaba y era preciso celebrarlo según costumbre.
“El día grande”, como ella lo llamaba, estuvo atareadísima. Aquella mañana fué a la joyería de Ansorena a recoger una preciosa sortija de oro, con esmalte verde, que había encargado; luego, a una tienda de bisutería de la calle del Príncipe; después a casa de Tournié en busca de dulces y fiambres. Por la tarde no quiso salir de la cocina, empeñada en preparar por sí misma los flanes y las fuentes de natillas que debían de servirse a los postres; aquel desusado trajín y el calor de la lumbre la rindieron, y tuvo que sentarse junto a la ventana, fatigada, sudorosa, aventándose con el delantal.
La hora de la cena deslizóse agradablemente; el único invitado a ella fué Montánchez. Se habló de literatura; el médico, contra lo que de un empirista acérrimo podía esperarse, sostuvo la preeminencia de la forma sobre el fondo.