—Si hubiera caído la caja de Pandora entre mis manos—dijo—, no la hubiese abierto.

Después, ponderando la magnitud de sus pesadumbres, agregó:

—Aseguraba Ernesto Renán, que para leer todo lo que se ha escrito, para amar y para escribir, se necesitan tres vidas; figuraos yo, que he escrito bastante y leído mucho y amado mucho también, si habré sufrido condensando las amarguras de esas tres existencias en una sola.

Después de tomar el café, y cuando los tres se disponían a prolongar en la sala la reunión, dijo el médico:

—Sandoval es un Nabab que me ha tratado espléndidamente, pero esto no pasa de ser una comida europea. Yo, a mi vez, deseo invitaros a una fiesta oriental, si es que os dignáis aceptar el modesto ofrecimiento de un persa con levita: mi festín se reducirá a algunos exquisitos licores que yo mismo compongo, porque aquí son desconocidos; a frutas de entre trópicos y a media docena de pipas cargadas de opio: ahí es donde escondo los deleites de mi orgía.

—Opio he tomado una vez—repuso Sandoval—, y creí volverme loco; después de aquel ensayo anduve atontado varios días, y prometí contentarme con los sueños que tuviera cuando me acostase del lado izquierdo.

—Pero yo lo sé administrar y respondo de que no sufrirás la menor molestia.

—¡Tú no tomarás eso!—gritó Consuelo acercándose a Alfonso y sacudiéndole por un brazo—; no lo tomarás porque es un veneno, y no hagas caso de lo que ese hombre te diga...

—No te apures—repuso Sandoval rechazándola suavemente—; aún no ha sucedido nada.

—Pero sucederá...