—No, mujer.

—Lo que Gabriel te brinda no es opio, es ponzoña... lo sé... me lo ha revelado ahora mismo una voz misteriosa...

Y agregó con excitación creciente:

—¡Júramelo!... Júrame que no tomarás nada de su mano... Júrame que no te separarás de mí ni el negro de una uña... ¡Júramelo!

Palideció.

—¡Consuelo, Consuelo!

Ella no contestó: sus labios balbucearon algunas palabras, arreboláronse sus mejillas, se llevó las manos al corazón y empezó a vacilar.

—¡Agua, agua en seguida!...—pidió Sandoval.

Entonces Montánchez se acercó a la enferma y, cogiéndola por un brazo, la miró fijamente a los ojos: ella exhaló un pequeño grito y quedó inmóvil, sosteniendo la mirada del médico.

Fué una escena relámpago que apenas duró tres segundos.