—Vamos—exclamó Gabriel con aire triunfal—, al fin se presentó la ocasión que tanto hemos buscado y pude aprovecharla. Ya está hipnotizada.

V

Las experiencias que siguieron a esta primera sugestión se realizaron fácilmente.

Todas las tardes iba Gabriel Montánchez a casa de Alfonso, y era tan grande la presión que ejercía sobre el ánimo de la joven, que no necesitaba recurrir al procedimiento de la bolita metálica, ni a ninguno de los medios que provocan la hipnotización por fatiga: le bastaba mirarla repentinamente a los ojos para ponerla en estado cataléptico.

Una vez dormida, Gabriel imponía su voluntad de un modo absoluto, con sólo tocar a la enferma, obedeciendo ésta los mandatos del médico con la pasividad de una máquina.

—Como su desarreglo nervioso—explicaba Montánchez—procede indudablemente de atonía cerebral o medular, podemos someterla a duchas artificiales; esto es, a duchas imaginarias o nerviosas que, sobre ser más intensas que las naturales, ofrecen la ventaja de aumentar o disminuir en intensidad frigorífica a mi capricho. Ya verás qué remedio tan raro, es un baño que puede tomar el paciente sin desnudarse ni mojarse las puntas de los pies, y de cuya dolorosa impresión no se acuerda en cuanto recobra el dominio de sí mismo.

Durante estas sesiones Alfonso se colocaba en un ángulo del aposento, sin hablar y comunicándose con el médico por señas, mientras Consuelo, en los momentos de descanso, permanecía de pie en medio de la habitación.

Gabriel se acercaba a ella y, poniéndola una mano sobre el hombro o en la frente, decía con acento enérgico: