—¡Hace un frío horrible, estás tiritando!...
Consuelito Mendoza dudaba un momento, luego empezaba a temblar y sus dientes castañeteaban, corría de un lado a otro, acercándose a los muebles, buscando algún calor que mitigase el frío que penetraba sus huesos; poco a poco la alucinación adquiría mayor fuerza y los efectos producidos por la voluntad del operador eran conmovedores. La joven se arrodillaba, se encogía, doblegándose y enroscándose como un gato para calentar unas con otras las partes de su cuerpo, lanzaba quejidos angustiosos, se azotaba los sobacos con las manos, se alentaba las puntas de los dedos e iba encogiéndose hasta quedar tendida sobre la alfombra hecha un ovillo, casi sin conocimiento, acometida por tiritones intermitentes, como una mendiga que hubiese caído medio helada bajo nieve.
Entonces palidecía hasta la lividez, sus labios perdían el color, su nariz se amorataba y los efectos de aquel frío imaginario eran tan reales y valederos, que casi paralizaban los movimientos respiratorios y las palpitaciones cardíacas; y era que sus nervios, sometidos en absoluto a la voluntad del médico, vibraban al unísono coadyuvando a producir la misma alucinación de frío.
—En estos momentos no hay para Consuelo más mundo que el que yo quiera poner delante de sus ojos—decía Gabriel—: y reirá hasta morir o llorará hasta que sus ojos queden secos, si ése fuere mi gusto: es un cuerpo que, durante la operación, no tiene más inteligencia, ni otros sentidos, ni más voluntad, ni más conciencia que mi capricho: y mira cómo el hipnotismo ha proclamado, en este siglo de libertades, la esclavitud del espíritu.
Luego, cuando calculaba que aquella sensación no debía prolongarse más, ponía una mano sobre el cuerpo de la joven, diciendo con el mismo tono autoritario de antes:
—¡Hace un calor insoportable; estás ahogándote!...
Instantáneamente Consuelo dejaba de tiritar y se ponía de pie; el semblante readquiría su color natural; comenzaba a pasearse con la boca abierta, cual si la faltase aire respirable; quería abrir los balcones y era preciso sujetarla para que no se desnudase. En menos de dos minutos aparecían los primeros síntomas de la asfixia, y se dejaba caer sobre una silla o en el suelo, la faz congestionada, la frente inundada en sudor copiosísimo, la mirada inmóvil, los ojos inyectados...
Estos “baños nerviosos” sólo duraban cinco o seis minutos, pues aunque Consuelo, al recobrar su personalidad, no se acordaba de lo hecho y hasta se resistía a creer lo que su marido y el médico contaban, solía quedar tan rendida que era necesario llevarla al lecho.
Una tarde Gabriel Montánchez tuvo una curiosidad.
—Alfonso—dijo—, ¿quieres que examinemos a esta criatura por dentro?