—No entiendo—repuso Sandoval.

—Propongo sondear su conciencia, lo que piensa, lo que siente, bañando en luz cuanto lleva oculto en el corazón y detrás de la frente.

—¿Y lo dirá todo?

—Todo. Recuerdo que hace algunos años, estando en el Cairo de paso para Grecia, conocí a Emanuele Cannezotti, un médico italiano con quien me ligaba una amistad bastante estrecha. El hombre era partidario de las antiguas teorías de Mésmer y de Teste, y a pesar de su poca ciencia hipnotizaba fácilmente y disfrutaba en el Cairo de popularidad y clientela envidiables. Me presentó a sus enfermas, porque debo advertirte que el bigardo sólo curaba mujeres, diciendo que yo era su primer ayudante, y desde entonces tuve derecho a acompañarle. Una vez me propuso lo que ahora acabo de proponerte, y fingiéndose amigo íntimo de las sugestionadas, empezó a sonsacarlas. De las confesiones resultó que casi todas le querían, porque el dichoso italiano era guapo mozo; pero, chico... al ayudante le querían más. Excuso decirte que no desaproveché estas revelaciones, y aunque mi amigo lo supo, probablemente nos hubiéramos separado bien, de haber yo respetado a su favorita: mi traición le puso fuera de sí, y con energía y coraje propios de un italiano, me pidió explicaciones una tarde que paseábamos por las afueras de la ciudad: yo no quise dárselas, reñimos y le arrojé al Nilo; un chapuzón nada más... Ahora la cuestión es muy diferente, pero siempre gusta violar el alma de una mujer.

—Probemos—exclamó Sandoval—, aunque me parece que Consuelo no tiene un pensamiento que yo desconozca.

—Sin embargo—dijo Montánchez cambiando súbitamente de tono—, si se tratase de otra persona diría que todos estamos más o menos podridos por dentro, y que las sentinas no deben revolverse porque huelen mal; pero siendo Consuelo un espíritu puro, me limito a aconsejarte que no la analices; no por ti... ¡dichoso tú, que puedes confiar en la persona a quien amas!... Sino por mí, que podría descubrir, sin procurarlo, algún secreto íntimo.

—No tengas escrúpulos; si Consuelo revela alguna intimidad, ni tú ni yo hemos de asustarnos; por tanto...

—Pues descendamos al fondo de su alma: verás qué pronto sabemos lo que guarda su conciencia.

Cogió a la joven por una mano y exclamó con tono imperativo:

—Di lo que piensas de tu marido; si le quieres mucho, si le amas ahora más que el día en que te casaste con él; y di también lo que te parece Gabriel Montánchez.