Como si las ideas estuviesen guardadas en vasijas y el médico hubiera abierto al mismo tiempo las llaves de todas ellas, así empezaron a manar de labios de Consuelo torrentes de palabras, de ideas y de confesiones encantadoras.

Los dos hombres, sentados delante de ella, escuchaban silenciosos.

—Es la primera vez, y quizá la última—advirtió Montánchez—, que una persona, mayor de veinte años, dice cuanto piensa y siente con entera franqueza; aprovechemos, pues, tan feliz actualidad, porque es un milagro de muy difícil repetición.

Consuelo hablaba dirigiéndose a aquel ser impersonal que la sugestionaba.

A su marido le quería ciegamente, con frenesí, como ninguna mujer amó a su esposo; por él daría su vida, su felicidad futura, toda la sangre de su venas; era el hombre más simpático, el más elegante, el más ilustrado, el más valiente de cuantos había conocido; era imposible concebir un tipo que sobrepujase en belleza física y en cualidades morales a su Alfonso, al Alfonsito de su alma...

Sandoval reía con la íntima satisfacción de un bienaventurado, arrullado por aquellos borbotones de palabras que le acariciaban como manos enguantadas.

—¿Qué te parece esto?—dijo.

—Me parece un sueño—repuso Montánchez.

Consuelo seguía hablando, desvariando como una loca de amor.

Por el semblante del médico pasó una nube de tristeza. Para disimular los sentimientos que le agitaban, preguntó bruscamente: